Por Juan Velásquez
Opinión
LA NUEVA ANTORCHA. — ¿A dónde iremos a parar ante semejante desorden político? Nadie parece capaz de descifrar el destino de la Patria de Bolívar frente al salto al vacío que hoy presenciamos, provocado principalmente por la preocupante falta de una verdadera unidad. Ante este escenario, cabe preguntarse: ¿cómo queda el espíritu del Congreso Anfictiónico de Panamá?
Como connacionales, tenemos el deber moral de fijar una posición firme ante el mundo democrático. Es imperativo solicitar la atención de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), como el órgano internacional llamado a mediar en crisis institucionales, entendiendo que la persecución y captura de un criminal o narcotraficante no debe confundirse ni vincularse con un procedimiento que vulnere el Estado de derecho o la soberanía nacional.
No podemos quedarnos de brazos caídos; de hecho, cruzados los hemos tenido ya por mucho tiempo. La soberanía no se mendiga y la autodeterminación es un deber principista de toda nación libre. Como reza la sabiduría popular: ningún exceso es bueno, «así como el cilantro no debe pasarse en el guiso». Por ello, resulta justo y necesario que las fuerzas vivas del país definan, de una vez por todas, una estrategia nacional clara. ¿Con qué derecho permitimos tantos desmanes? ¿Por qué estamos obligados a aceptar tanto abuso?
Cuando la patria necesitó en el pasado quién la independizara, no importaron las carencias: el suelo patrio parió a sus libertadores. Hoy, la historia nos exige la misma determinación. Venezuela debe mantenerse firme ante cualquier pretensión de tutela o colonización extranjera, venga de donde venga, rechazando categóricamente las intenciones injerencistas de Donald Trump. La dignidad nacional debe prevalecer.

