»¡Y a pesar de mi fe, cada día evidencio que
detrás de la tumba ya no hay más que silencio!»
Amado Nervo (1870 – 1919) > Poeta y escritor mexicano.
Por José «Cheo» Salazar X: @Cheotigre
Opinión
LA NUEVA ANTORCHA.— No lo creerá, pero las historias urbanas que les voy a narrar son dignas de Ripley o, quizás, para aquellos sketches de Globovisión: “Aunque usted no lo crea”.
En la ciudad hay un grupo de citadinos que le «meten el ojo» a los velorios. Los califican, de acuerdo con la situación económica de los familiares del difunto, en: buenos, regulares y excelentes. En ese sentido, aprovechan el acto velatorio para desayunar, almorzar y cenar. Estos «vivos e’ la pepa» ya saben que el contrato con la funeraria incluye —aparte del cafecito, el marrón, el chocolate y uno que otro consomé— los «tres golpes». Un muerto, para ellos, es la salvación. Los difuntos dan vida después de la vida.
En medio del dolor que embarga a los deudos, ellos se acercan, dan el pésame y ponen cara de circunstancia, afligidos y desconsolados. Hay otros que van más allá: echan unas lágrimas, sollozan, gimotean y muestran un sufrimiento superior al de los propios familiares. Hecho el ejercicio de hipocresía, se ubican estratégicamente por donde saben, gracias a la práctica rutinaria, que pasarán los anfitriones que prestan servicio en las capillas ofreciendo alimentos. Tras degustarlos, salen como «carrito e’ compañía» para continuar con sus intensas labores etílicas. Las funerarias más frecuentadas, por su excelente ubicación cerca de las licorerías, son las de la avenida Francisco de Miranda.
Hay casos donde algunos de los deudos, para mitigar el dolor y las penas, se echan los tragos. ¡Ay, papá, que mamá chocó! Esos son los velorios «excelentes», y si es con escocés, mucho mejor. Es más, cuando anuncian el entierro para las 10:00 a. m., hechos los tontos sugieren que lo hagan en la tarde o al día siguiente. “Hermano, ¿por qué tanto apuro?”, murmuran para que los deudos los oigan, se apiaden, alarguen el acto y ellos puedan disfrutar un día más. ¿Quiénes son? Digo el pecado, pero no los pecadores.
Como de todo hay en la viña del Señor, hay otro grupo de citadinos que acompañan a los amigos y relacionados hasta el momento del entierro. Allí, in situ, observan el comportamiento de los consanguíneos más cercanos al cerrar la urna, bajarla a la fosa y colocar la lápida. Hay deudos que entran en trance y pretenden bajar al sepulcro con el muerto. “¡No, no, no te vayas… yo te acompaño!”, gritan en medio del llanto. Conductas muy normales en este tipo de actos terribles y sombríos. Antonio Aguilar, en el corrido de Lucio Vásquez, dice: “No es lo mismo ver morir, como cuando a uno le toca”… de cerca, añadiríamos nosotros.
El caso es que estos ociosos profanos pasan el domingo haciendo inspecciones oculares a las sepulturas. En las primeras semanas, observan que las lápidas están limpias de maleza, la losa brilla y hay ramos de flores y velones. A los tres meses, las visitas son más esporádicas y, con el paso del tiempo, lucen tapadas por el monte; ya no se ve el epitafio ni hay flores que adornen. Abandono total.
Estos comentaristas echan el cuento muertos de risa y recuerdan que es verdad lo que dice la letra del colombiano Darío Gómez, el «Rey del Despecho»; en una estrofa de su canción Nadie es eterno, dice: “Si con el tiempo no queda ni la tumba ni la cruz”. Totalmente cierto. ¿Una prueba? Visiten los camposantos para que vean tumbas destruidas o recuerden lo que pasó en el cementerio del Casco Viejo: lo desalojaron y derrumbaron. ¿Cuántos cadáveres se perdieron y nunca aparecerán? ¿Hay gente tan ociosa que ve esos detalles? ¿No perdonan ni a los muertos? Ni tanto. Ellos aseguran, con cierta razón, que es la purísima verdad. ¿Quiénes son? Digo el pecado, pero no los pecadores.
Para mayores detalles, comunicarse al 0800-CHISMES. La información que le suministrarán será fidedigna. Llame, oiga y se convencerá. Un dato más: en algunos entierros han visto familiares que se quieren sepultar con el difunto y, a las pocas horas, están pidiendo audiencia con el gerente del banco donde el cristiano tenía sus cuentas para saber cuánto dejó y cómo disponer del dinero. No hay un ápice de duda: el muerto al hoyo y el vivo al bollo. Los tipos se las traen; no pierden detalle.
sjose307@gmail.com | 0414-3838097 El Tigre, abril del 2026

