Por Juan Velásquez
Opinión
LA NUEVA ANTORCHA. — La realidad venezolana actual es un contraste doloroso entre la opacidad del poder y la precariedad del pueblo. Mientras el país sigue esperando respuestas sobre el paradero y destino de las 70 toneladas de medicinas enviadas por los EE.UU., el silencio oficial se convierte en cómplice de una crisis sanitaria que no da tregua.
A este escenario se suma el despojo patrimonial: la desaparición de más de 300 toneladas de oro de las bóvedas del Banco Central de Venezuela y el astronómico desfalco en PDVSA, calculado en 23 mil millones de dólares bajo la gestión de Tareck El Aissami. Es un saqueo sistemático que deja las arcas públicas vacías mientras los responsables, con un cinismo inhumano, pretenden que la clase trabajadora sobreviva con un salario mínimo de apenas 130 bolívares.
Lo ocurrido este 1ero de mayo no fue un anuncio económico; fue una burla y una ofensa a la dignidad nacional. El descaro con el que se ignora el hambre de las familias venezolanas es motivo suficiente para que los gremios, sindicatos y todas las fuerzas vivas del país declaren una emergencia laboral. Es imperativo un llamado a la conciencia nacional: un paro de «brazos caídos», donde el pueblo manifieste su rechazo absoluto a esta política de miseria no asistiendo a sus puestos de trabajo.
La dirigencia política y social debe reaccionar ante lo que solo puede definirse como una desfachatez autoritaria. Como bien dicta el refrán: «aunque se vistan de seda, lo perverso se les queda». La naturaleza de esta gestión ha quedado al desnudo frente a un país que ya no soporta más humillaciones.
En este panorama, la presencia y el liderazgo de María Corina Machado resultan imprescindibles. Su figura representa el muro de contención y la alternativa real para ponerle un «parao» a esta burla continuada. La ruta es clara y la exigencia es una sola: no hay bienestar posible sin libertad.
«Transición es María Corina»
«Elecciones libres Ya»

