Por Ronny Leonardo Padrón Pérez
Opinión
LA NUEVA ANTORCHA.— El título de esta entrega surge al rememorar aquel pensamiento imperecedero del Libertador: “La corrupción de los pueblos nace de la indulgencia de los tribunales y de la impunidad de los delitos. Mirad que sin fuerza no hay virtud; y sin virtud perece la República”. Al contrastar estas palabras con la realidad actual de nuestra «Pequeña Venecia», sobran los diagnósticos: la impunidad ha sido el cáncer de nuestras instituciones.
Sin embargo, el silencio contemplativo no es una opción; es necesario vencer. La sociedad venezolana transita hoy un calvario colectivo que, aunque doloroso, nos obliga a reflexionar sobre nuestras responsabilidades. No obstante, son más las razones que nos invitan a persistir en la causa republicana. Abandonar la lucha sería conceder la razón a quienes pretenden estigmatizar a toda una generación, tildándola de indigna frente al legado de nuestros libertadores y considerándonos ocupantes caprichosos de este paraíso terrenal.
Es propicio observar las experiencias de naciones como Alemania, Corea del Sur, Francia y Japón. Estas potencias, que a mediados del siglo XX descendieron a niveles de degradación indecibles por diversas circunstancias, hoy integran la élite del mundo por derecho propio. Su resurgimiento no fue obra del azar, sino de la determinación de un gentilicio patriota que comprendió la urgencia de corregir errores estructurales y trascender tradiciones vacuas. El trabajo incansable, la educación de vanguardia y la solidaridad democrática internacional hicieron el resto.
Ese mismo destino aguarda a la República de Venezuela, bajo el cobijo de su bandera de siete estrellas. El renacimiento ocurrirá cuando aceptemos que la supervivencia de nuestra identidad frente al modelo socialista tuvo una razón de ser y un propósito histórico. Prohibido olvidar las lecciones del pasado. Hoy, más que nunca, la consigna es clara: oración y trabajo.
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