Por Omar González Moreno
Opinión
LA NUEVA ANTORCHA. — Hoy, entre el dolor, la angustia y el horror que vive Venezuela tras la devastación de los terremotos, una pregunta comienza a instalarse con fuerza en la mente de millones de venezolanos.
¿El régimen de Delcy Rodríguez está provocando deliberadamente la indignación y la ira del pueblo?
No es una interrogante menor. Tampoco una reacción emocional desmedida nacida del sufrimiento. Es una duda racional, dolorosa y profundamente perturbadora.
Mientras miles de personas continúan atrapadas bajo los escombros, mientras padres, madres, hijos y vecinos escarban con sus propias manos para rescatar vidas, el aparato estatal no solo ha mostrado una incapacidad escandalosa para responder a la emergencia, sino que además ha levantado obstáculos, retrasado ayudas, impuesto controles burocráticos absurdos y restringido accesos a las zonas más golpeadas por la tragedia.
La pregunta entonces es inevitable. ¿Estamos frente a simple incompetencia?
¿O estamos viendo algo más oscuro?
La tesis de la mera incapacidad tiene fundamento. Después de casi tres décadas de chavismo, pues Venezuela fue convertida en un país institucionalmente demolido. Defensa Civil desmantelada. Bomberos sin equipos. Hospitales colapsados. Protección civil reducida a propaganda. Infraestructura saqueada. Presupuestos evaporados por la corrupción. La Fuerza Armada y Cuerpos de seguridad entrenados más para reprimir ciudadanos que para protegerlos.
En ese sentido, el régimen ciertamente es incapaz. Pero esa explicación ya no alcanza para entenderlo todo. Porque una cosa es no poder responder con eficacia. Otra muy distinta es entorpecer activamente a quienes sí quieren ayudar.
Y allí es donde emerge la sospecha más inquietante.
Los regímenes autoritarios no solo gobiernan mediante la fuerza. También gobiernan administrando emociones colectivas.
Manipulan miedo, frustración, dependencia y desesperanza.
Entienden que una sociedad emocionalmente agotada piensa menos, se organiza menos y resiste menos.
La ira social, bien canalizada, puede convertirse en rebelión. Pero la ira desbordada, desordenada y sin conducción puede transformarse en caos, fragmentación, violencia horizontal o resignación.
Ese puede ser el cálculo. Empujar a la población al límite emocional. Saturarla de impotencia.
Romper su equilibrio psicológico.
Hacer que el ciudadano común deje de preguntarse quién es responsable y concentre toda su energía en sobrevivir un día más.
En términos de control social, eso tiene enorme valor político. Un pueblo exhausto es más manipulable.
Un pueblo desesperado es más vulnerable. Un pueblo quebrado emocionalmente puede terminar aceptando cualquier imposición a cambio de una mínima sensación de orden.
Por eso no puede descartarse que la inacción actual no sea únicamente consecuencia del colapso institucional, sino también parte de una lógica de dominación.
El poder autoritario suele operar sobre una premisa brutal: si no puede generar legitimidad, genera dependencia; y si no puede inspirar respeto, impone miedo.
La tragedia sísmica ha dejado al desnudo algo todavía más grave que edificios derrumbados. Ha expuesto la degradación moral del régimen chavista, incluyendo a Delcy Rodríguez y todos sus cómplices.
Porque cuando ciudadanos desarmados, sin maquinaria, sin entrenamiento y sin recursos logran rescatar personas con palas, cuerdas y sus propias manos, mientras el Estado bloquea accesos o llega tarde, ya no hablamos solo de incompetencia.
Hablamos de abandono.
Y cuando ese abandono persiste pese a la magnitud del desastre, la frontera entre negligencia criminal y cálculo político comienza a difuminarse.
Eso explica por qué la indignación crece. No es solo por los muertos. No es solo por los desaparecidos. No es solo por la lentitud oficial.
Es por la sensación cada vez más clara de que el pueblo está solo. Completamente solo. Y quizá allí reside el mayor error del régimen.
Porque la historia demuestra algo que los autoritarismos suelen olvidar.
Existe un punto en el que la ira deja de paralizar.
Existe un punto en el que el dolor deja de intimidar.
Existe un punto en el que la humillación acumulada se transforma en energía de ruptura.
Ese momento llega cuando la sociedad comprende que ya no tiene nada que esperar del poder.
Tal vez Delcy Rodríguez y suss cómplices crean que pueden administrar el sufrimiento indefinidamente.
Tal vez piensen que el cansancio acabará derrotando a la ciudadanía.
Tal vez subestiman la memoria emocional de un pueblo.
Pero hay una verdad que atraviesa toda tragedia histórica,
cuando un régimen convierte el dolor colectivo en instrumento de dominación, comienza a cavar su propia tumba.
Porque el poder puede sobrevivir al rechazo. Puede incluso sobrevivir al desprecio. Lo que rara vez sobrevive es al momento en que millones de ciudadanos pierden definitivamente el miedo.
Y quizá eso sea lo que hoy está naciendo, silenciosamente, entre los escombros de Venezuela.

