Por Alberto García Sánchez
Opinión
LA NUEVA ANTORCHA.- Dicen que soñar no cuesta nada. En la quietud de la madrugada, cuando el mundo parece sumido en sombras, la Luna surge como un faro incandescente, portadora de un mensaje silencioso, pero poderoso. Su luz radiante no solo ilumina el firmamento, sino que transmite la promesa de un futuro mejor, un porvenir fascinante que invita a la esperanza y a la acción.
Esta visión es un culto al amor, un delirio y una pasión interna que nos obliga a exteriorizar ideas como mensajeros de la vida. Venezuela, con sus calles marcadas por la crisis, sus hogares golpeados por la escasez y la falta de servicios básicos, necesita más que nunca esa luz que guíe a sus hijos e hijas a no rendirse. El dolor visible en cada rostro refleja un clamor profundo de hambre, miseria y abandono que hiere el alma nacional.
Pero en la misma noche oscura, la mirada que busca encuentra esa Luna en quienes creen y saben que la solidaridad puede transformar el presente. Mantener viva la esperanza es un acto valiente, una semilla que crece en la tierra fértil del compromiso colectivo. Por eso, no podemos ser indiferentes.
Desde la poesía, el arte y el corazón se levanta un llamado a despertar, a tender manos, a compartir sueños. Que esta nota sea un abrazo solidario y una convocatoria para que juntos, bajo el mismo cielo iluminado por la Luna, reconstruyamos el camino hacia la dignidad, la justicia y la paz. Nuestra madre Patria implora, en el silencio de la noche, la cura de ese dolor que nos inquieta y une a todos.

