Por: Ronny Leonardo Padrón Pérez
Opinión
LA NUEVA ANTORCHA. — La realidad es, por definición, persistente. Tras la caída del Muro de Berlín, se convirtió en un lugar común invocar el llamado «Fin de la Historia», en clara alusión a la tesis que Francis Fukuyama popularizó en 1992 en su obra El fin de la historia y el último hombre. Aquella premisa cautivó a muchos bajo la promesa de un mundo unipolar inminente, marcado por la paz global y regido por la democracia liberal como sistema político definitivo.
Bajo ese paraguas ideológico surgieron corrientes que pregonaban la obsolescencia de los ejércitos nacionales, apostando por el predominio de organismos supranacionales —como la ONU— para la resolución de conflictos. No obstante, tan temprano como en 1990, con el estallido de la Primera Guerra del Golfo, quedó en evidencia que aquel orden unipolar no pasaría de ser un boceto teórico frente a la cruda realidad geopolítica.
Desde entonces, ha quedado demostrado que las reglas del juego político, tanto en la esfera nacional como en la internacional, continúan supeditadas a la razón de la fuerza en detrimento de la fuerza de la razón. La desproporción es tal que el concepto de soberanía nacional deviene en una abstracción inocua si no cuenta con un respaldo militar sólido que garantice su vigencia.
En consecuencia, una vez superada la etapa de oprobio iniciada el 11 de abril de 2002, la refundación de la República de Venezuela exige una transformación estructural. La organización de una nueva fuerza militar y policial —profesional, técnica, despartidizada y subordinada estrictamente al orden constitucional—, junto al reconocimiento del derecho ciudadano al porte y uso legítimo de armas para hombres y mujeres respetuosos de la ley, debe constituir el vértice de las políticas públicas orientadas a la restauración plena del Estado. Prohibido olvidar. Oración y trabajo.
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