Mar. Jul 21st, 2026

Por Alberto García Sánchez

Opinión

LA NUEVA ANTORCHA. — Lejos de ser un consuelo pasivo, la esperanza en Venezuela se ha transformado en un acto de resistencia consciente frente a la crisis y el error histórico.

​Aunque solemos focalizar la esperanza en el amor —en ese deseo de ser correspondidos por el ser elegido—, en estos tiempos de «revolución» y en esta reflexión mañanera, es necesario vincularla con nuestra actual crisis social.

​La esperanza no es ingenua ni pasiva; es el aliento para vivir y, sobre todo, para reparar el error cometido en las elecciones de 1999, cuando elegimos equivocadamente no a un líder, sino a una serpiente enmascarada bajo un uniforme verde. Sin embargo, esa esperanza germina en la adversidad; crece y se desarrolla con la misma fuerza que ha movido a pueblos enteros a sobrevivir a sus épocas más oscuras.

​Vivimos mal, es cierto. Pero precisamente porque reconocemos el malestar y nos duele, nos diferenciamos de esos pocos seguidores del sistema que se niegan a aceptar la realidad como destino. La esperanza no consiste en negar lo que ocurre: es mirar la realidad a los ojos y decir: «esto no es suficiente, merecemos más», porque la dignidad subyace en nuestra alma.

​La inflación no cesa, pero hay manos que tejen redes de auxilio vecinal. Los servicios públicos fallan y alteran nuestra estabilidad emocional, pero algunas comunidades rurales se organizan en cooperativas de agua, luz o cuidados para solventar medianamente los problemas. A pesar de que persiste la persecución contra quienes piensan diferente y el miedo acecha, la palabra sincera sigue encontrando grietas para filtrarse: un café, un grupo de lectura, una canción o un mensaje que burla la censura. Allí, en lo pequeño, la esperanza hace acto de presencia.

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​No vivimos bien, pero vivimos con conciencia, y la organización es ya el primer paso para construir el «vivir mejor» que tanto se anhela. La esperanza no es un consuelo barato; es la certeza de que otro mundo es posible. En ello reside un optimismo genuino, cultivado por quienes se toman el tiempo de pensarlo y comunicarlo.

​Si la esperanza es una forma de resistencia, los venezolanos estamos resistiendo. En mi caso, me encuentro en una «resistencia suave», tras haber sido relevado de la faena diaria de hacer esas arepitas asadas que, en su sencillez, marcan el inicio de un camino hacia una vida mejor.