Por Alberto García Sánchez / Un minuto de reflexión
Opinión
LA NUEVA ANTORCHA. — Es un despliegue de cinismo observar a ese reducido grupo de altos jerarcas del régimen —encabezados por la interina Delcy Eloína Rodríguez— pretendiendo atornillarse en el poder a través de un peregrinaje nacional cargado de una retórica absurda. Sus palabras, vacías y carentes de conexión con el país real, rebotan en la conciencia del venezolano como un eco estéril que no roza siquiera los problemas medulares: la destrucción del salario, la perversa política de bonificaciones, la corrupción rampante, el colapso sistémico de los servicios públicos y el desfalco continuado a PDVSA.
La interina parece ignorar deliberadamente las advertencias de organismos como el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial sobre la urgencia de recuperar los capitales ocultos en paraísos fiscales. Ese dinero, producto del saqueo, es el que se necesita hoy para revitalizar la industria petrolera, estabilizar el sistema eléctrico y dignificar el ingreso de la familia venezolana. Mientras el país yace sobre un potencial inmenso pero paralizado, la cúpula prioriza la supervivencia política, alimentando la ilusión de una permanencia que ya no tiene sustento social.
Ese espejismo choca de frente con la realidad estadística: el 90% de la población desprecia lo que llaman el legado de la «Revolución Bonita», percibiéndolo como una etapa traumática y detestable de nuestra historia.
Venezuela entera exige que la gestión del presidente Donald Trump acelere los mecanismos para una transición hacia un proceso electoral limpio, competitivo y transparente. Solo la elección de un gobierno legítimo podrá abrir las compuertas del progreso y la estabilidad que nos han arrebatado. No hay margen para más dilaciones ni maniobras de distracción. En esta hora crítica de la patria, como bien se ha dicho: ¡vacilar es perderse!

