Hoy lloramos la pérdida del médico, del amigo, y del hombre generoso cuya ternura fue el mejor bálsamo contra el dolor. Su legado no es solo de tratamientos, sino de justicia, humildad y amor incondicional por el prójimo
Por Alberto García Sánchez
Regiones / Anzoátegui
LA NUEVA ANTORCHA.— La noticia del fallecimiento del doctor José «Vallito» Aistimuno ha sumido en el luto y la consternación a todos aquellos que tuvieron el privilegio de conocerlo y de ser beneficiarios de su inmensa generosidad.
»Vallito» fue mucho más que un profesional de la medicina; fue un verdadero apóstol del servicio, cuyo compromiso con la dignidad humana traspasó cualquier barrera social o ideológica. Su mano, la del «médico de los pobres», estuvo siempre tendida hacia los más vulnerables: niños, mujeres, adultos mayores; sin distinción alguna.
Hoy, la comunidad lamenta la ausencia de un hombre cuya sonrisa era un bálsamo y cuya ternura ofrecía consuelo ante el dolor. Su partida inesperada deja un vacío inconmensurable, un eco de profunda gratitud y cariño que resonará en cada vida que tocó. Recordarlo es honrar la pasión inquebrantable con la que ejerció su vocación, la humildad con la que sirvió y la justicia con la que trató a cada persona.
El doctor Aistimuno fue un faro de esperanza, un ejemplo de entrega y humanidad que encontró en el prójimo no solo a un paciente, sino al amigo al que jamás abandonó. Su legado perdurará, vivo en el compromiso y la solidaridad que inspiró. Su nombre seguirá siendo, por siempre, sinónimo de justicia, amor y servicio.
¡Paz a su alma!

