Mié. Sep 23rd, 2026

​Por Alberto García Sánchez / Algarsan 12

Opinión

LA NUEVA ANTORCHA. — La dolarización llegó de facto —como dicen los economistas— y sin pedir permiso. Llegó para cambiar precios y dejarnos un dolor de cabeza invisible: los billetes deteriorados. Los llamados “doritos” de 1, 5, 10 y 20 dólares circulan arrugados, rotos, manchados, rayados y hasta lavados con jabón azul, como si hubieran sobrevivido a una guerra económica.

​Por su mal estado, nadie quiere recibirlos: ni comerciantes, ni transportistas, ni particulares y, en muchos casos, tampoco las entidades bancarias.

​Así, el billete rechazado inicia una peregrinación de bolsillo en bolsillo hasta caer en manos de algún incauto. Todos quieren dólares, pero nadie quiere los que parecen estar pidiendo la jubilación.

​Algunos “sabiondos” aseguran que estos billetes provienen de la renta petrolera, pero esa afirmación no es cierta. El régimen es capaz de todo, pero en este caso no es así. Estos dólares ingresan mediante remesas, viajeros, turismo, comercio informal y operaciones fronterizas. El problema se agrava por la falta de mecanismos claros para retirar de circulación el efectivo deteriorado.

​Las sanciones y restricciones de la OFAC complican cualquier sustitución oficial por parte del gobierno venezolano. Por ello, mientras el BCV no anuncie un procedimiento claro, lo más prudente es revisar bien los billetes antes de aceptarlos.

​En esta dolarización no basta con tener dinero: también debe estar completo, legible y presentable. Porque en este país, hasta los dólares pueden ser rechazados por “mala presencia”. Escribo sobre el tema porque soy doliente de esta desagradable situación; llevo más de un mes con uno de 20 dólares que pasea más que un pensionado en resistencia: un compañero inseparable que parece «molestarse» cada vez que intento gastarlo.

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