“El pasado nunca se muere,
ni siquiera es pasado”
William Faulkner (1897-1962)
Novelista estadounidense
Por José «Cheo» Salazar
X: @Cheotigre
Opinión
LA NUEVA ANTORCHA.- Hay lugares que se hacen tan populares que marcan la historia de lo pueblos. El del bar restaurant “Castelo Branco” que fue fundado en el año 1955 por los lusitanos don José Braz Goncalvez, su distinguida esposa Amelía Díaz e hijos Manuel y Antonio, muy jóvenes para la época, fue uno de esos sitios emblemáticos de la ciudad. Los exquisitos platillos eran y fueron, hasta el dia de su cierre definitivo, a precios populares, gozó de una nutrida clientela que cautivó y le fue leal mientras estuvo sus puertas abiertas al público.
En sus inicios, el famoso pollo frito y la carne guisada con espagueti u otro acompañamiento a gusto del cliente, tenían un precio Bs. 1,50 y para poder acceder a una mesa en las horas pico había que hacer cola. Estaba el pueblo en plena ebullición, acelerado crecimiento y donde eran muy pocos los establecimientos populares de esa categoría dedicados al ramo. Calidad, cantidad y precios solidarios. Era comida buena, barata y abundante.
Don José Braz, un insigne trabajador portugués, que llegó a Venezuela a mediados de la década del 40, visitó al bucólico pueblo de El Tigre en 1950, le gustó, se quedó y arrendó La Pensión Bolívar que funcionaba en el sitio dónde actualmente está la Relojería y Joyería La Francia. Ese pequeño establecimiento comercial que ofrecía hospedaje y comida a muy bajos precios, era uno de los preferidos por los viajantes que llegaban por estos lares a vender mercancía de manera ambulante por las polvorientas calles de la época, especialmente los de origen español, que traían telas y ropa confeccionada. Una vez que don José adquirió su local propio en la avenida España, frente al antiguo terminal de pasajeros, instaló un bar restaurat que bautizo con el nombre de “Castelo Branco” en honor a la bella región de Portugal que lo vio nacer, continuó ofreciendo hospedaje y comida, en principio en un local modesto, pero mucho más cómodo y accesible para la clientela, que en su mayoría eran los transeúntes que, repito, venían a ofrecer sus mercaderías a los citadinos. Fue uno de los tantos inmigrantes que contribuyó decisivamente con el desarrollo y consolidación de esta pequeña urbe. La realidad está a la vista.
A mitad de la década de los 60, Manuel y Antonio que ya estaban al frente del negocio, junto a sus distinguidas esposas María Do Ceu y María Neves Díaz, remodelaron y construyeron el actual edificio, concentraron la actividad comercial en los servicios de bar, cafetería y restaurant. Consolidado el negocio y ante la avalancha de la clientela, los hermanos Braz empezaron a contratar personal para la atención de los comensales. Es en ese tiempo cuando entran en escena algunos de los primeros mesoneros de la ciudad. El tocayo José “Cheo” Braz, hijo de Antonio, que hoy es un exitoso contratista en el estado Monagas, Carlos Barreto que había adquirido experiencia en una corta pasantía que había hecho en el bar restaurant Capri, al cual fue llevado por José “Chichí” Valor Marcano, que por su condición de políglota, era en el pueblo una de las estrellas en la profesión y se entendía con el cliente más exigente, que visitaba ese otro popular negocio, sin importar su procedencia, idioma o dialecto. Chichí Valor fue en esa profesión un «toero», el cual, posteriormente, se dedicó a la venta de prendas preciosas, joyas y relojes. Allí también logró destacarse. Un responsable hombre de negocios.
Con Carlos Barreto y José “Cheo” Braz, también iniciaron sus actividades como mesoneros en el bar restaurat “Castelo Branco” Mario Macuare, que luego buscó la vida transportando pasajeros en un vehículo de su propiedad, en la ruta extraurbana El Tigre-Barcelona-Puerto La Cruz. También lo fue el margariteño Stalyn González, que al salir se defendió como vendedor ambulante de todo tipo de loterías y el pariaguanero José Cabezas. Era un cuarteto de anfitriones de primera línea, que al lado de Antonio “Tony” Díaz Rodríguez (Atendía la caja), prematuramente desaparecido físicamente, estaban prestos a atender diligente y eficientemente a la numerosa clientela, a pesar de la gran afluencia de comensales que se daban cita al popular y barato comedero en esos tiempos. ¡Sale una sopa para la mesa 3! ¡Salen los pollos con espagueti para la mesa 1! ¡Sale una carne guisada con arroz para la mesa 4! ¡Sale un carite frito para la mesa 6! Era parte del estribillo que se escuchaba desde la cocina para llamar la atención de los mesoneros indicándole el pedido de cada cliente y su ubicación. Luego de un tiempo fueron relevados por Yomar José Freites y Félix Parra que también abandonaron y fueron sustituidos por los amigos Santos Rivas y Luís Mata que junto a Abel, hijo de Antonio, hacieron el equipo que hasta el día del cierre dieron la cara a la clientela con la misma diligencia y amabilidad de siempre. El costo, sabor y gusto nunca cambió.
En pleno esplendor del Castelo Branco, éramos asiduos clientes el fraterno Pedro Emilio Rojas “Pejas”, su hija Elimar, el licenciado, educador, poeta y periodista Aquiles Lambert Marcano, el entonces capitán (GN) José Luís Arriojas, José Prado y su distinguida esposa Olga Golindano, el dirigente sindical Luís “Culí” Martínez, Luís Harris Rangel, Braulio Rafael Martínez Salgado, el periodista Luís La Roche Abreu, Asdrúbal, Ennio, Saúl y Oswaldo Mendoza, Miguel Antonio “El negro” Salazar, Juancito Vásquez, Gonzalo Cermeño, Augusto Enrique Tenorio Meza, Rubén “Babita” Matute, Nelson “Negot” González, Pedro Marrero Hernández, Carmen Reyes, Román lunar, El caricaturista estrella de Antorcha Saúl Alcalá, Alberto Guzmán Lárez, Hilario Franco, Vicente y Oito Lira, Eugenio “El viejo” Salazar, los hermanos Jaramillo, Pedro Sergio Salazar, Roberto Gómez, Giovanni Prado, los hermanos Oliveira, los licenciados Héctor Cordero Rodríguez y Neuman Cedeño, Luís Fermín, las hermanas Golindano, Roberto Salazar, Hernán Zabala, Alirio Barreto, Ángel Antonio Merlín, José Rodríguez, José Caraballo, Ángel Rafael Zabala, Roberto “Rudy” Carrillo y familia, Manuel Alfonzo y familia, Honorio “Cadenita” Cabrera, Douglas García, presidente de la Unión Mercury, José Fortique, Eustoquio «Bigote» López Odelin Hidalgo, Luís «Buzo» Noriega, Asdrúbal Ribas, Orlando Martínez, Ubaldo Alcedo, Pedro “Pico Rondón, Pedro “Culebra” Tovar, Juancho Rondón, Luís Carlos “Clent” Martínez y su amada esposa Amanda Golindano, Héctor y José Félix Golindano, Edgar Prado, Tomasito Díaz, Juan Martínez que degustaba un bistec a caballo por sólo Bs. 2,50 y pedía otro para llevarlo a su distinguida esposa Maritza y en fin, un sin número de amigas y amigos que compartíamos largos ratos, hasta después de cerrado el negocio en compañía de Manuel, que siempre nos sorprendía con una exquisitez y donde destacaba las cabeza de róbalo, pargo, mero o carite sudadas. Eran veladas de antología.
El bar restaurant “Castelo Branco” continúo brindando sus platos de comida nacional e internacional con exquisita e inmejorable
calidad a los mejores precios del mercado, luego del retiro de Manuel y Antonio, bajo la dirección de Abel Díaz Rodríguez y la atenta mirada de su hermano Simón que a pesar de estar pegado al televisor, no perdía detalles del movimiento del negocio y estaba en todas las jugadas. Así que los que se quisieran pasar de vivos, están avisados. Poseyó un gran peso corporal, pero gozó de una agilidad mental envidiable. Fue de esos cazadores a los cuales muy pocas veces se le fue alguien sin pagar. «Hubo algunos carreros», pero estaban «pillaos».
El Castelo Branco fue por mucho tiempo, el sitio de encuentro por excelencia. La muerte de Antonio, Manuel, Tony, Abel, Simón a los cuales le sobrevive la señora María, extinguió ese maravilloso restaurante. Varias generaciones de Tïgrenses degustaron sus ricos platos y vivieron gratos e inolvidables momentos en su acogedor ambiente familiar, al extremo que, mis hijos, los ingenieros Cheito Salazar y Maikel, Carlos, y las Lcdas. Luzmarilyn y Anamer, les quedó tanto el gustito de cuando chicos los llevaba a almorzar o a cenar, que cuando vienen de vacaciones, no perdían la oportunidad de invitarme a degustar el rico pollo frito con espagueti, el cual, para los que no lo sabían o tienen alguna duda al respecto, continúo igualito hasta que cerró. Excelente, apetitoso, suculento y barato. Una delicia a muy bajo precio. El que lo visitó puede dar fe de que estamos en lo cierto. El Castelo Branco forma parte de la epoca de oro de la ciudad. El bello recuerdo está vigente, no muere, porque fue ese período vital que le dio reputación, popularidad y la fortaleza para superar el medio siglo en plena faena y ahora, podemos decir con orgullo que como la calidad y la excelencia no hubo ni habrá en la ciudad. Un lugar para no olvidar.
El Castelo Branco, que desde enero del 2007, durante un tiempo y hasta su cierre en el 2010 funciono bajo la denominación comercial de Tasca Restaurat “El Castelo, C.A”, y es uno de los tantos sitios, al igual que Las Palmas, que regentaron Juan Núñez, Eduardo Fernández y Joaquín Dos Reis, El Capri, que fundó don Félix Cicolini, La Arepera San Antonio, de don Antonio Miguez, El Luchador que todavía funciona bajo esa denominación comercial, el desaparecido Atlántico que funcionó en la esquina donde está la panadería Los Luchadores y el Obelisco que existía donde hoy está el semáforo y que convertía ese popular cruce en una pequeña redoma, que junto a otros, forman parte de los primeros sitios de encuentro de la ciudad y que nosotros humildes cronistas vocacionales iremos rememorando en estas modestas crónicas, con la sana intención de recordarlos y contribuir con ello a preservar la memoria histórica del pueblo que nació al calor de la industria petrolera el 23 de febrero de 1933, haciendo buena la sabia enseñanza del historiador griego Tucídides: “La historia es un incesante volver a empezar”. El pasado nunca muere. Está vivito en el recuerdo de sus protagonistas. No lo olvidéis.
sjose307@gmail.com 0414 3838097 …El Tigre, octubre de 2025

