Por Ronny Leonardo Padrón Pérez
Opinión
LA NUEVA ANTORCHA.- En medio de cualquier guerra, sea esta por conflicto interno o de clase internacional, definir claramente a los bandos resulta de importancia capital. Porque es allí, en el afán de la victoria donde halla su razón de ser anotarse a ganador.
El vínculo con la tierra, esa que nos vio nacer, puede cambiar de nombre, ayer, un feudo de la realeza, después el de ciudad-Estado, ahora en tiempos de la nación son los patriotas los convocados a defender la heredad. Cabría esperar que el buen patriota disponga incluso de su propia vida en defensa de su terruño, frente a la amenaza existencial de una fuerza extranjera presumiblemente aviesa, llamada simplemente enemigo.
Ahora bien, aquel enemigo letal, más allá del natural repudio que su solo nombre genera a oídos del buen patriota, también merece un honor, el que otorga la hidalguía de arriesgar la propia vida por causa tan legítima como esa misma patria. Porque, a decir verdad, patriotas y enemigos son las dos caras de esa misma moneda: la que sabe anteponer un deber por sobre meras ganancias.
Solo a partir de allí se atisba un tercer factor, el que hace posible las guerras: el traidor. En las antípodas del patriota, y muy lejos del enemigo, el traidor solo prospera frente a la humana debilidad que le brinda ocasión de lucro. De nada valdrá su compromiso formal con alguno de los dos bandos y menos aún la vergüenza de quebrantar compromisos ya asumidos. Su sola presencia repele toda confianza. Quien pretenda vencer en buena lid deberá primero asegurar que el traidor no tenga paz. Oración y trabajo.
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