Por: Alberto García Sánchez
Opinión
LA NUEVA ANTORCHA.— Existen momentos en la historia donde las colectividades, tras décadas atrapadas en el foso de la desesperanza, logran sacudirse el polvo de la resignación. Venezuela, un país bendecido por la naturaleza en su subsuelo y por la nobleza en el alma de su gente, atraviesa hoy uno de esos instantes milagrosos. En menos de tres semanas, la nación ha comenzado a respirar un aire distinto, transformando incluso la visión de aquellos que una vez creyeron en un proyecto sociopolítico que ocultaba propósitos inconfesables.
Tuvieron que transcurrir casi 27 años para que el cambio llegara con rostro de mujer. María Corina Machado soportó estoicamente agresiones de toda índole, manteniéndose firme frente a la violencia y el lenguaje obsceno de sus detractores. Su integridad sembró en el espíritu nacional la certeza de que es posible vivir en un país donde quepamos todos, respaldados por nuestro potencial económico y nuestro gentilicio. Este liderazgo, plasmado en un proyecto político realizable y humanista, la hizo merecedora del Premio Nobel de la Paz, un reconocimiento que trasciende fronteras.
La consolidación de este nuevo rumbo se gestó desde las bases, a través de organizaciones civiles como los «Comanditos», que fueron el vehículo para canalizar propuestas de reforma y la tan necesaria ayuda internacional. Tras lograr el objetivo histórico de la salida del tirano en su primera fase, el país se enfoca ahora en masificar el optimismo mediante medidas de emergencia.
El nuevo panorama es de una actividad frenética y esperanzadora:
- Atención inmediata: Se ejecutan transferencias monetarias cuasi-universales para cubrir necesidades básicas y se restauran servicios mínimos de salud y educación.
- Reactivación económica: La eliminación de controles excesivos está despertando al sector privado, mientras se fomenta la transparencia y la inversión extranjera.
- Alianzas estratégicas: El gobierno de Donald Trump colabora activamente en la rehabilitación de infraestructura crítica —electricidad y agua potable— y en la modernización del sector petrolero.
Tal como lo plantea la líder liberal, el cambio es profundo y estructural. Se busca una Venezuela con seguridad jurídica, diversificación económica más allá del hidrocarburo, innovación educativa y un manejo sostenible del ambiente. Es una visión de crecimiento inclusivo donde la dignidad humana se coloca, por fin, por encima de cualquier ideología.
Apenas han pasado tres semanas, pero el optimismo es contagiante y multicolor. El país ha entendido que la vida con dignidad es el bien supremo, tal como lo soñó el Padre de la Patria. Atrás quedan los días de persecución y crímenes que sembraron dolor en el alma de nuestras madres. Hoy, los vientos que soplan en Venezuela son de fe, impulsados por el ímpetu de una mujer que se negó a rendirse.
Albert, más allá de la esperanza.
18/01/26

