Ante la devastación causada por el histórico sismo doblete, el dirigente José Manuel Salazar M. hace un llamado urgente a deponer las diferencias políticas, mantener el civismo y priorizar la solidaridad humana sobre la confrontación ideológica
Por José Manuel Salazar
Opinión
LA NUEVA ANTORCHA. — Hacer política en Venezuela debe dejar de ser, de una vez por todas, un ejercicio sistemático de fabricar enemigos. Existen coyunturas críticas donde la diatriba partidista solo genera divisiones estériles y nos distrae de lo que verdaderamente es apremiante: la preservación de la vida y el alivio del dolor de nuestra gente. Hoy no hay espacio legítimo para las diferencias; el devastador sismo doblete de magnitud 7,2 y 7,5 que sacudió nuestra tierra nos ha quebrado el alma a todos por igual, demostrando que ante la fuerza de la naturaleza, las banderas y los logotipos políticos de cualquier bando se vuelven un refugio completamente vacío.
El dolor que hoy nos une como ciudadanos se manifiesta de la forma más desgarradora en las vidas rotas bajo el suelo. Esta tragedia no puede medirse únicamente en pérdidas materiales o de infraestructura; el sufrimiento más profundo habita en los brazos vacíos de tantos hermanos venezolanos que hoy no solo se quedaron sin un techo, sino que lloran la partida de sus hijos, madres, esposas y seres queridos. Es un duelo nacional que traspasa cualquier acera ideológica y que exige de la dirigencia y de la sociedad una respuesta de madurez, altura institucional y profunda empatía.
En medio de la desesperación generalizada, el valor de la templanza debe convertirse en nuestra principal guía de conducta colectiva. La violencia y la anarquía no pueden ser la respuesta ante la crisis; desvalijar un comercio o saquear una farmacia no alivia el sufrimiento propio, sino que, por el contrario, le arrebata de manera injusta la medicina y el alimento al vecino herido que también los necesita para sobrevivir. La crisis actual requiere mantener la serenidad y activar redes de apoyo comunitario que garanticen la distribución equitativa de los recursos disponibles.
Por ello, se hace un llamado firme al decoro, a la dignidad y al estricto respeto del orden público en cada una de las zonas afectadas. Cometer actos de pillaje en medio del caos generalizado solo deshonra el luto de nuestras familias y fractura el tejido social que tanto nos urge proteger en este momento de vulnerabilidad. La verdadera grandeza ciudadana se demuestra hoy cuidando al otro, protegiendo los bienes comunes y colaborando activamente con los cuerpos de prevención y rescate, en lugar de despojar a quienes han quedado desvalidos.
Es la hora definitiva de despojarnos de las camisas partidistas y mirarnos a los ojos como los compatriotas que somos, reconociendo que debajo de las consignas compartimos la misma tierra y las mismas lágrimas. Debemos sacar lo mejor de nosotros en este periodo de profunda oscuridad, haciendo que nuestra mayor fortaleza sea el civismo, la compasión y la reconstrucción nacional desde el corazón. Unámonos en lo verdaderamente esencial: abrazar al que sufre, mantener la templanza y trabajar juntos para levantar de las ruinas a nuestra golpeada nación.

