Vie. Jun 26th, 2026

En medio de la emergencia nacional generada por el reciente sismo, el analista Ronny Leonardo Padrón Pérez reflexiona sobre la urgencia de rescatar la dignidad democrática y el estado de derecho frente a un modelo político agotado

Por Ronny Leonardo Padrón Pérez

Opinión

LA NUEVA ANTORCHA. — ​Tendemos a creer con frecuencia que lo peor ya ha pasado, que hemos tocado fondo y que el panorama nacional finalmente se aclara; sin embargo, la realidad suele ser necia y los hechos históricos terminan siendo determinantes. Era de esperarse que tras la tragedia del estado Vargas en diciembre de 1999, la administración de aquel entonces iniciara un proceso de aprendizaje institucional en materia de atención de desastres. No obstante, más de dos décadas después, y en medio del impacto de un letal terremoto que vuelve a golpear con fuerza al territorio venezolano, las estructuras del modelo actual parecen priorizar los mecanismos de control social y la preservación del poder por encima de una gestión de crisis eficiente y verdaderamente humanitaria.

​A lo largo de estos años, la Venezuela de convicción democrática ha comprendido que se enfrenta a un esquema político cuya escala de valores reduce la ética, el mérito, el compromiso ciudadano y la protección familiar a asuntos secundarios. Los rostros en la conducción del proyecto oficialista han cambiado con el tiempo, transitando desde el liderazgo militar inicial, pasando por el sector sindical, hasta llegar a la representación civil actual de perfil académico. A pesar de estos matices en la vocación de sus líderes, las directrices fundamentales permanecen inalterables, repitiendo errores del pasado en el manejo de la ayuda internacional y supeditando el bienestar de la población a las conveniencias ideológicas del momento.

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​El debate actual no gira únicamente en torno a la dignidad nacional —un valor fundamental que tarde o temprano será rescatado por los ciudadanos—, sino que se ha transformado en un asunto de estricta supervivencia como sociedad. Resulta inviable consolidar un proceso de reconstrucción nacional mientras se mantenga una hegemonía colectivista que limita las libertades individuales y ahoga la iniciativa privada. Frente al actual estado de necesidad generalizada, tanto el derecho natural como el marco jurídico positivo amparan la urgencia de promover un cambio estructural que devuelva al país el dinamismo y las garantías institucionales perdidas.

​Bajo la perspectiva de la Democracia Cristiana, se hace indispensable trazar una estrategia internacional que disuada a las potencias extranjeras de sostener relaciones de conveniencia con un modelo que degrada las condiciones de vida del venezolano. Es imperativo demostrar a la comunidad internacional que una república fundamentada en hombres y mujeres libres, fuertes y laboriosos constituirá siempre un aliado mucho más confiable, estable y próspero para la región que un régimen debilitado y dependiente. La cooperación externa debe estar orientada inequívocamente hacia el restablecimiento inmediato de un sistema democrático pleno.

​La magnitud de la presente crisis sísmica y humanitaria nos obliga a mantener activa la memoria histórica bajo la premisa de que está prohibido olvidar los errores del pasado. La superación de esta profunda oscuridad nacional requerirá la articulación de dos pilares fundamentales: la fe y el esfuerzo creador a través de la oración y el trabajo constante. Solo mediante el rescate del tejido social, la rectitud en la función pública y el compromiso indoblegable de sus ciudadanos, Venezuela logrará levantarse de las ruinas y edificar un futuro de genuina libertad y progreso.

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Prohibido olvidar. Oración y trabajo.
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