Por Soc. José Manuel Salazar M.
Opinión
LA NUEVA ANTORCHA. — La crisis eléctrica en Venezuela y su intensificación en el interior del país —incluso después de que zonas como el estado La Guaira disminuyeran su demanda debido a una catástrofe— puede comprenderse más allá de las fallas técnicas si se analiza desde una perspectiva sociopolítica: el racionamiento eléctrico funciona como una herramienta de control social que debilita la organización ciudadana y somete a la población a una dinámica de supervivencia diaria.
El racionamiento eléctrico como estrategia de dominación ciudadana
1. La atomización del ciudadano
El primer efecto de los cortes de luz prolongados en el interior del país es la destrucción de la cotidianidad. Cuando una familia pasa horas a oscuras, sin refrigeración, sin agua (cuyas bombas dependen de la electricidad) y sin conectividad, su foco de atención se reduce drásticamente.
- Prioridad en la supervivencia: El ciudadano ya no piensa en la exigencia de derechos políticos o civiles; su mente se concentra en cómo salvar la comida del refrigerador o cómo dormir bajo el calor abrasador.
- Aislamiento comunitario: La falta de energía interrumpe el transporte, las comunicaciones y las reuniones vecinales. Un ciudadano incomunicado es un ciudadano aislado, y una sociedad aislada no puede articular protestas ni organizarse eficazmente.
2. La periferia como zona de sacrificio
La aparente contradicción de que el racionamiento empeore en las provincias, mientras grandes centros urbanos o zonas en emergencia reducen su consumo, responde a una lógica de preservación del poder.
- Mitigación del riesgo político: Las autoridades suelen priorizar el flujo eléctrico en la capital de la república y en los centros de poder político inmediato para evitar estallidos sociales masivos que desestabilicen directamente las estructuras gubernamentales.
- Invisibilización del interior: El sufrimiento del interior del país (Zulia, Los Andes, Los Llanos, Anzoátegui) es más fácil de contener y ocultar mediáticamente. Al «sacar de la red» o apagar deliberadamente las regiones, se utiliza al interior como un amortiguador o fusible para mantener encendida la burbuja de los sectores estratégicos.
3. Dependencia del Estado y quiebre psicológico
El control social más profundo no se ejerce por la fuerza física, sino a través del quiebre de la voluntad y la previsibilidad.
- Indefensión aprendida: Al no existir cronogramas de racionamiento respetados ni explicaciones lógicas, el ciudadano cae en un estado de resignación. La incertidumbre constante genera la sensación de que no se tiene control sobre la propia vida.
- El Estado como dador de luz: Cuando la electricidad regresa, no se percibe como un derecho pagado o un servicio básico, sino casi como un «favor» o una concesión temporal del sistema. Esto refuerza una estructura de sumisión donde el ciudadano espera pasivamente que el poder decida cuándo otorgarle bienestar.
4. Desmantelamiento del aparato productivo independiente
Una sociedad económicamente independiente tiene mayor capacidad de resistencia y disidencia. Los apagones continuos destruyen el comercio local, las pequeñas industrias del interior y el teletrabajo.
- Destrucción de la autonomía: Al quebrar el comercio independiente en las regiones, la población se vuelve más dependiente de las bolsas de alimentos subsidiadas, los bonos gubernamentales y los empleos estatales.
- Control a través de la escasez: Quien depende enteramente del Estado para comer o subsistir difícilmente puede oponerse abiertamente a las políticas de ese mismo Estado.
Conclusión
El racionamiento eléctrico en Venezuela opera como un mecanismo de control social porque transforma la energía de un derecho ciudadano a una prebenda política, utilizando la oscuridad para fragmentar la organización social, desgastar la salud mental de la población y forzarla a una rutina de supervivencia que neutraliza cualquier intento de exigencia democrática.

