Por Ronny Leonardo Padrón Pérez
Opinión
LA NUEVA ANTORCHA. — Es la interrogante recurrente que se plantea el ciudadano común tras los sucesos del 3 de enero. Una dimensión del problema fue la desarticulación sistemática de la institucionalidad democrática bajo el modelo del denominado socialismo del siglo XXI; otra, muy distinta, es la continuidad del deterioro bajo la tutela de una potencia global.
Aunque la soberanía nacional sufrió severas fracturas desde finales de 1999, la condición de subordinación actual exige una reflexión crítica, alejada de posturas derrotistas. No basta con saberse depositarios del respaldo popular y de la legitimidad política que, tarde o temprano, habrá de concretarse en el poder; tampoco resulta suficiente confiar de manera pasiva en la tradición democrática del país tutor.
El restablecimiento pleno de la República requiere una sociedad comprometida con la vivencia de la libertad y la institucionalidad como únicas herramientas eficaces para frenar la descomposición social y emprender una reconstrucción ordenada hacia el progreso.
La traición, la mediocridad y el ventajismo han sido rasgos constantes del modelo que precipito la crisis, sirviendo como recordatorio permanente de lo que debe superarse. Como señalaba el excanciller Arístides Calvani: «La democracia hay que establecerla donde no existe, consolidarla donde ya se estableció, y perfeccionarla una vez que se consolidó». Oración y trabajo constante siguen siendo la premisa.
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