Por Omar González Moreno
Opinión
LA NUEVA ANTORCHA.- Las calles desiertas y los centros electorales vacíos no fueron un signo de apatía, sino un acto de resistencia monumental.
Como afirmaron los dirigentes opositores recientemente rescatados de su encierro en la embajada argentina en Caracas, este silencio fue «el testimonio contundente de un pueblo que, con dignidad y valentía, desobedeció la farsa electoral orquestada por el régimen de Nicolás Maduro».
Este récord histórico de no participación electoral no es una derrota, sino una victoria de la voluntad popular, un grito mudo que sacude los cimientos de un régimen acorralado.
Lo que ocurrió no fue una elección, sino un espectáculo grotesco.
El régimen de Maduro, en su desesperación por legitimar su autoritarismo, montó un circo electoral sin sustancia, asignando cargos vacíos de poder real.
Pero los venezolanos, con una inteligencia que desarma cualquier maniobra, respondieron con un «NO» rotundo.
Al quedarse en casa, no solo rechazaron participar en una mentira, sino que reafirmaron su compromiso con la verdadera elección del 28 de julio de 2024, cuando eligieron a Edmundo González Urrutia como Presidente de la República, con el apoyo de la líder de los venezolanos María Corina Machado.
Este acto de desobediencia cívica es una lección al régimen y al mundo: el pueblo venezolano no se doblega ante farsas.
El régimen, consciente de su fragilidad, recurrió a su último bastión: la represión.
Pero, como señalaron los exasilados, esta violencia es la prueba de su debilidad.
«No minimizamos la violencia; la señalamos con responsabilidad como su único recurso que le queda», afirmaron.
La represión no logró quebrar el espíritu de un pueblo que ha aprendido a vencer el miedo.
Este 25 de mayo, los venezolanos dieron un paso firme hacia la liberación, demostrando que el temor ya no los controla.
Cada centro electoral desierto fue un símbolo de rebeldía, cada calle vacía un paso hacia la libertad.
El régimen buscó dividir y agotar a los venezolanos, sembrando resignación para que algunos participaran en su mascarada.
Sin embargo, en eso también fracasaron estrepitosamente.
La sabiduría colectiva del pueblo superó cualquier trampa.
Este silencio no es el fin, sino el comienzo de una nueva etapa de lucha.
Iniciativas como la Operación Guacamaya y las alianzas estratégicas que se fortalecen son la chispa que mantendrá encendida la resistencia.
La victoria del 28 de julio no es un recuerdo lejano, sino un mandato vigente que el pueblo defenderá hasta hacerlo realidad.
Es hora de que la comunidad internacional, los medios y los sectores democráticos globales reconozcan la fuerza de este acto de desobediencia cívica.
Venezuela no está dormida; está más despierta que nunca.
El silencio del 25 de mayo no fue pasividad, sino una declaración de principios.
Como afirman en la calle: «¡la verdadera elección ya la ganamos, y no descansaremos hasta hacerla realidad!».
La lucha continúa, y el pueblo venezolano, con su valentía y determinación, está escribiendo el próximo capítulo de su historia hacia la libertad.

