Por Antonio Ricóveri
Opinión
LA NUEVA ANTORCHA. — Conozco el caso de una familia que vivía en una zona muy fría. En un invierno particularmente crudo, el padre le dijo al hijo con algo de angustia:
—Tenemos que conseguir urgentemente leña para la chimenea de la casa.
Salieron y consiguieron un árbol muerto; con premura, el padre lo cortó.
Llegada la primavera, el padre y el hijo vieron, sorprendidos, cómo al tronco marchito de aquel árbol le salieron muchos brotes nuevos… Entonces el padre dijo:
—Estaba seguro de que este árbol estaba muerto. Había perdido todas las hojas en el invierno. Hacía tanto frío que sus ramas se quebraban y caían como si no le quedara al viejo tronco ni una pizca de vida. Sin embargo, ahora advierto que aún había vida en ese tronco.
Y volviéndose hacia su hijo, le aconsejó:
—Nunca olvides esta importante lección: jamás cortes un árbol en invierno. Jamás tomes una decisión negativa en tiempo adverso. Nunca tomes las más importantes decisiones cuando estés en tu peor estado de ánimo… Espera. Sé paciente. La tormenta pasará. Y recuerda que la primavera siempre llega.
Valga esta sencilla historia para entender, primero, que cuando tomamos una decisión estamos «ejerciendo el mayor acto de libertad posible». Y, segundo, que «decidir» tiene que ver con reflexionar, cavilar, deliberar, discurrir y elegir, aunque nos lleve en dirección contraria a lo que esperábamos y aunque no obtengamos los resultados deseados. De allí la importancia de evitar tomar decisiones cuando estamos a merced de alguna emocionalidad, porque lo más probable es que nos equivoquemos.
Y traigo este tema a colación porque debemos aceptar, con plenitud, que todas las decisiones que hemos tomado en el pasado nos han traído hasta este presente, hasta este momento, hasta esta realidad, sea buena o sea mala… Por lo tanto, me sigue llamando la atención que muchas personas, al quejarse de su situación actual («no gano lo suficiente», «no estoy satisfecho con mi trabajo», «no soy feliz», «me casé con la persona incorrecta», «he desperdiciado oportunidades…»), suelen culpar al destino, a la suerte o le endosan la responsabilidad a los demás, y jamás a sí mismos… Ya lo diría el gran escritor uruguayo Mario Benedetti (1920-2009): «¿Cómo voy a culpar al viento del desorden que hizo, si fui yo quien abrió la ventana?».
Amigo lector, nos encanta quejarnos de «lo que nos pasa» sin reconocer que, en la mayoría de los casos, fuimos nosotros quienes tomamos las decisiones que nos llevaron hasta allí, omitiendo con descaro que cada acción tiene consecuencias. Por ejemplo, si usted toma la decisión de dejar entrar a alguien a su vida, debe prepararse para lo que eso traiga consigo… Y ¡ojo!: no se trata de arrepentirnos de lo que elegimos, sino de aprender a cerrar las ventanas cuando sea necesario, y a disfrutar de la brisa cuando valga la pena.
Respetado lector, siempre habrá decisiones que tomar, cambios que tendrán que ocurrir, miedos que tendremos que afrontar, soledades que deberemos soportar, lágrimas que tendremos que derramar, personas que deberemos dejar ir y nuevos comienzos que tendrán que forjarse de adentro hacia afuera. Y siempre, siempre, tendremos que decidir entre el dolor de quedarnos donde estamos y el dolor de crecer y avanzar; entre el dolor del arrepentimiento y el dolor del esfuerzo; entre el dolor de la mediocridad y el dolor de la disciplina; entre el dolor de rendirnos y el dolor de seguir adelante a pesar de todo.
Aceptemos, con valor, que muchas de las cosas que nos han pasado no fueron producto de las circunstancias, del entorno, de las coyunturas o de la eventualidad… No. Fueron el resultado directo de nuestras propias elecciones. Por lo tanto, no existen culpables externos. Solo nosotros.
Así de simple.
«Las palabras viajan… Algo siempre dejan»

