Por: José Gregorio Figuera (CNP 13.258)
Opinión
LA NUEVA ANTORCHA. — Venezuela atraviesa la fase terminal de un proceso de decadencia que ha socavado los cimientos democráticos durante más de dos décadas. Para el periodista político José Figuera, el país se encuentra sumergido en un abismo ético y social como consecuencia directa de las políticas sistemáticas de destrucción ejecutadas por el Estado.
A este escenario se suma una amenaza multidimensional: la influencia de estructuras vinculadas al terrorismo internacional y la injerencia externa que alimentan una «ideología del odio». Esta radicalización se manifiesta en los denominados «colectivos», sujetos que, bajo el amparo del poder, actúan como brazos ejecutores de la represión, sembrando el temor en una ciudadanía que resiste frente a la violencia organizada.
Paralelamente, el contexto internacional ha puesto al descubierto la naturaleza del régimen. Nicolás Maduro, señalado por el Departamento de Estado de los EE. UU. como pieza clave del «Cártel de los Soles», enfrenta hoy la justicia en una cárcel de Nueva York. Los cargos —narcoterrorismo, conspiración para la importación de cocaína y posesión de armas de guerra— no solo son una mancha judicial, sino una confirmación de las amenazas graves que hoy asedian la tranquilidad y la supervivencia de la democracia venezolana.
Sin embargo, en consonancia con los giros inesperados de la historia, la frustración colectiva ha mutado en una fuerza incontenible. Millones de venezolanos, dispersos por todo el mundo, han tomado las calles semana tras semana para expresar su vehemente oposición a la tiranía opresora. El clamor por la liberación de los presos políticos retumba con una fuerza global que el régimen ya no puede silenciar.
La pretensión del gobierno de «normalizar» la crisis contradice una realidad desgarradora: el sufrimiento y las muertes masivas no son daños colaterales, sino cicatrices imborrables. Hoy, no solo los dirigentes políticos alzan una voz de hierro; también lo hacen quienes sufren en carne propia el dolor de la ausencia.
Debemos seguir luchando para devolverle el sentido a las palabras libertad y justicia. Es imperativo rescatar estos conceptos del secuestro retórico y devolverlos a su lugar en nuestra auténtica historia nacional.

