La tierra continúa moviéndose en el país; este viernes se registró un nuevo sismo con epicentro en La Guaira.
Redacción La Nueva Antorcha
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LA NUEVA ANTORCHA. — Los movimientos telúricos no dan tregua en Venezuela. Tras los devastadores terremotos de magnitud 7.2 y 7.5 que sacudieron al país el pasado miércoles, este viernes se reportó una fuerte réplica de magnitud 5.4 con epicentro en La Guaira, según informes del Servicio Geológico de Estados Unidos (USGS).
Si bien los expertos señalan que las réplicas son normales tras eventos de tal magnitud, las autoridades advierten sobre el peligro inminente de nuevos derrumbes. El suelo inestable y las réplicas recurrentes podrían hacer colapsar estructuras que ya están severamente comprometidas, por lo que se ha instado a la población a mantener la máxima precaución y buscar zonas seguras.
Una catástrofe humanitaria en ascenso
El saldo del doble terremoto es desgarrador: casi 1.000 muertos y más de 50.000 desaparecidos. Mientras las cifras aumentan, también crece la indignación y la impotencia entre los ciudadanos ante la alarmante lentitud de la ayuda oficial para rescatar a los sobrevivientes.
Los sismos originales, ocurridos con menos de un minuto de diferencia, transformaron por completo el paisaje urbano. Cientos de edificaciones colapsaron, con especial gravedad en La Guaira, la localidad costera vecina a Caracas que hoy concentra la peor parte de la tragedia. Allí, la comunidad denuncia una preocupante ausencia estatal en las labores de emergencia.
«En La Guaira parece que hubiera caído una bomba nuclear. Altos edificios se derrumbaron como castillos de naipes, transformados ahora en montañas de arena y escombros», relatan testigos en la zona.
Rescate a contrarreloj y hospitales colapsados
En medio del caos, el régimen procedió a militarizar La Guaira y a restringir el acceso a la zona de desastre. Aunque los primeros contingentes de rescatistas extranjeros ya han comenzado a desplegarse en el terreno, las operaciones avanzan a cuentagotas.
El panorama es crítico: el país ya arrastraba un sistema de salud colapsado y cuerpos de rescate locales sin insumos. Hoy, la falta de herramientas es una sentencia implacable; bajo los escombros, aún se pueden ver cuerpos atrapados mientras las horas cruciales para encontrar vida se agotan.
La desesperación es total. Familiares, vecinos y voluntarios remueven la destrucción con sus propias manos, pero la voluntad no basta: se necesita con urgencia maquinaria especializada capaz de cortar varillas de acero y remover bloques de concreto de gran tonelaje para rescatar a quienes aún claman por ayuda.

