Por Omar González Moreno
Opinión
LA NUEVA ANTORCHA.- Venezuela, nuestro bello país, que fue alguna vez un referente de riqueza por sus gentes y sus vastas reservas petroleras y otros recursos naturales, enfrenta hoy una crisis humanitaria sin precedentes por culpa del regimen corrupto y criminal de Nicolás Maduro.
La escasez de gasolina, electricidad, gas y agua se ha convertido en parte de la vida diaria para millones de ciudadanos, desencadenando un sufrimiento que va más allá de lo material y que afecta profundamente la dignidad humana.
La gasolina, un recurso fundamental para la movilidad y el sustento diario, a precios dolarizados, escasea dramáticamente.
Las largas filas en las estaciones de servicio se han vuelto un paisaje común, donde los venezolanos pasan horas y horas esperando solo para conseguir un litro del combustible que alguna vez fluía libremente.
Esta situación no solo limita la movilidad, sino que también impacta en la economía formal e informal, que ha sido un salvavidas para muchas familias.
En una época en que la electricidad debería ser un derecho básico, Venezuela vive apagones constantes que paralizan ciudades enteras.
Las horas sin luz agravan la crisis, afectando desde los hogares hasta los hospitales, donde equipos vitales dependen de energía constante.
Los apagones y la falta de insumos han llevado al colapso de todos los centros de salud, donde la falta de recursos y el miedo a atender emergencias se conjugan con un sistema que no puede sostenerse.
El gas doméstico, necesario para la cocción de alimentos, también escasea gravemente.
Las familias se han visto obligadas a recurrir nuevamente a la leña para cocinar o buscar alternativas, a menudo arriesgadas, para alimentar a sus seres queridos.
Esta realidad se entrelaza con la falta de agua potable, que se ha vuelto un lujo; los venezolanos deben acudir a pozos, ríos o comprar agua a precios exorbitantes a intermediarios.
Este contexto de escasez afecta gravemente a los hospitales y centros educativos, ambos en un estado de colapso.
Las instalaciones de salud sufren de falta de insumos, medicinas y personal, mientras que el sistema educativo se desmorona, con escuelas, liceos y universidades cerradas o en condiciones deplorables.
Muchos jóvenes han abandonado sus estudios debido a la crisis, y las oportunidades para el futuro parecen esfumarse.
Bajo el régimen de Nicolás Maduro, la incompetencia y la corrupción han agravado esta situación.
La miseria ha hecho que muchos venezolanos busquen refugio en otros países, despojando a la nación de su capital humano más valioso.
Es un ciclo vicioso que perpetúa el sufrimiento y la desesperanza.
Frente a esta cruda realidad, la comunidad internacional observa y algunos organismos intentan ofrecer ayuda, pero la recuperación de Venezuela pasa por un cambio de sistema.
Requiere de soluciones profundas que deben comenzar por la salida y de Maduro y sus cómplices del poder.
Soluciones que vayan más allá de la asistencia temporal y de pañitos calientes.
La sangre, el sudor y las lágrimas de nuestro pueblo deben ser hacer respetar la voluntad popular expresada nítidamente en las elecciones presidenciales del pasado 28 de julio.
La lucha por un futuro mejor, donde la dignidad y el acceso a lo esencial sean una prioridad debe ser hasta el final.

