Mar. Jul 28th, 2026

Por Omar González Moreno

Opinión

LA NUEVA ANTORCHA.- Nicolás Maduro y sus secuaces, aferrados al poder con una mezcla de obstinación y desesperación, han emprendido una huida hacia adelante, un intento temerario de sostener un régimen que se desmorona bajo el peso de su propia ineficacia, la corrupción, la falta de apoyo nacional e internacional, la crisis económica devastadora, las fisuras en las fuerzas armadas y un descontento popular que resuena en cada rincón del país.

Maduro enfrenta un rechazo visceral. La nación no solo está marcada por la escasez de alimentos y medicinas, sino por un hartazgo colectivo que trasciende clases sociales.

El venezolano común lucha por sobrevivir en un país donde la inflación ha convertido los bolívares en papel sin valor y la tranquilidad en un lujo inalcanzable.

Las protestas, aunque reprimidas con mano de hierro, son el eco de una sociedad que ya no puede más.

En el ámbito global, Maduro y su cúpula son parias. La comunidad internacional, desde la Unión Europea y EEUU, hasta gran parte de América Latina, ha cerrado filas en su contra.

Las condenas diplomáticas y el reconocimiento a María Corina Machado y Edmundo González Urrutia han aislado al régimen en un mundo que ya no tolera su autoritarismo.

Organismos como la OEA y la ONU, aunque no actuen decisivamente, han documentado violaciones sistemáticas de derechos humanos, mientras países que alguna vez fueron aliados, como Rusia y China, muestran un apoyo cada vez más tibio, condicionado por sus propios intereses.

Maduro, en su huida hacia adelante, grita soberanía, pero su voz se pierde en un vacío diplomático que refleja su irrelevancia.

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La hiperinflación, que ha alcanzado niveles históricos, ha pulverizado el poder adquisitivo de los ciudadanos.

El colapso de PDVSA, la otrora joya de la corona, ha dejado al país sin su principal fuente de ingresos.

Los decomiso de drogas y del oro de sangre le han restado el financiamiento oscuro.

Los anaqueles vacíos, las colas interminables y la diáspora de millones de venezolanos que huyen en busca de un futuro mejor son el testimonio de un régimen que ha saqueado la riqueza nacional.

Maduro, en lugar de enfrentar esta catástrofe con soluciones reales, opta por medidas cosméticas: bonos insignificantes, discursos vacíos y una retórica que culpa a enemigos externos mientras el hambre aprieta.

Su huida hacia adelante es un intento de correr más rápido que la realidad, pero la realidad siempre alcanza.

El régimen de Maduro ha dependido históricamente de la lealtad de las fuerzas armadas, pero incluso este pilar comienza a resquebrajarse.

Las deserciones, aunque silenciadas, son cada vez más frecuentes.

Oficiales de bajo y medio y alto rango, asfixiados por los mismos males que aquejan al pueblo -salarios irrisorios, falta de recursos, corrupción rampante—, murmuran su descontento.

La cúpula militar, enriquecida por prebendas y negocios ilícitos, sigue siendo leal, pero su control sobre las tropas es cada día más débil.

Cada declaración de fidelidad al régimen suena más a ritual que a convicción.

En esta huida hacia adelante, Maduro sabe que una fractura definitiva en las fuerzas armadas será su sentencia final.

Frente a este panorama desolador, Maduro y sus secuaces han optado por una estrategia tan antigua como peligrosa: la huida hacia adelante.

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En lugar de negociar su salida en paz, de abrir caminos hacia una transición democrática, el régimen redobla la represión, manipula elecciones y se atrinchera en un poder que se sostiene por la fuerza bruta y el terrorismo de Estado.

Cada nuevo decreto, cada nuevo arresto, cada nuevo discurso incendiario es un paso más hacia el abismo, una apuesta desesperada por ganar tiempo en un juego que ya lo tienen perdido.

Pero esta huida no es solo política; es profundamente humana.

Es la tragedia de un hombre y su entorno, atrapados en un delirio de grandeza, incapaces de reconocer que el país que dicen liderar ya no los soporta.
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Es la tragedia de un pueblo que sigue resistiendo, soñando con un futuro donde la libertad y la dignidad no sean solo recuerdos.

Venezuela, a pesar de su dolor, no está muerta. Esta más viva que nunca. Deseosa que su liderazgo convoque a la acción final.

En el exilio, en las calles, en las comunidades que se organizan para sobrevivir, late un espíritu indomable.Ya se perdió el miedo.

La huida hacia adelante de Maduro puede prolongar su agonía, pero no puede detener lo inevitable: un pueblo hastiado, un mundo que lo repudia y una nación que clama por renacer.

El régimen puede correr, pero no tiene adónde ir.

El futuro pertenece a los que no se rinden, a los que, en medio de la oscuridad, siguen buscando la luz.

¡Y todos ellos presienten que ese luminoso amanecer está cerquita!!!