Vie. Jul 31st, 2026

Por Richard Casanova

Opinión

LA NUEVA ANTORCHA.— En los estados y municipios hay una manada de candidatos a gobernadores y alcaldes dando un espectáculo patético; parece que están en la «hora loca» de una fiesta. No hablemos de dónde sacan tanto dinero para esa campaña en medio de una crisis social pavorosa. El asunto es que están en campaña cuando no hay fecha para elecciones y ni siquiera tienen tarjeta para inscribirse, pues recuperarlas es una de las muchas tareas pendientes. «Muchos viven en una muda desesperación», advirtió una vez Robin Williams, y su fatal final —víctima del suicidio— parece confirmar a dónde conduce esa senda.

​Por supuesto que tienen derecho a aspirar a las posiciones que los desvelan, aunque eso no sea lo que les quita el sueño a los venezolanos. Lo que nos angustia son los problemas reales, una calamitosa situación que exige la unidad del liderazgo democrático para presionar a favor de un verdadero cambio político en Venezuela y trabajar en una ruta común que conduzca a una salida a esta profunda crisis. Nada aporta ese carnaval electoral a una solución; más bien demuestra que estos candidatos no están preocupados por el futuro del país, sino por sus ambiciones personales. Su prioridad es ser alcaldes o gobernadores, como si esa fuera la solución mágica.

​Lo insólito es que esa carrera electoral la promueve, sobre todo, el sector más «radical» de la oposición. Resulta inexplicable que ahora estén dispuestos a ir a elecciones con el mismo CNE que protagonizó el fraude del 28J, cuando fue ese el argumento para justificar la absurda e irresponsable abstención en las elecciones de 2024; hoy está claramente demostrado que aquello fue un error muy costoso para la causa democrática. Claro, la otra opción es ir con un nuevo CNE electo por una Asamblea Nacional que ese sector llama «ilegítima», solo para descalificar a la oposición democrática que hace vida allí: una minoría que trabaja en condiciones adversas, representando a la inmensa mayoría que apostamos por el cambio. Esa oposición es también parte del triunfo del 28J y su presencia en el parlamento es producto de la coherencia de sostener la ruta electoral que condujo a esa victoria.

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​El punto es que ir a elecciones con un nuevo CNE, designado por una «AN ilegítima», sería incoherente para ese sector radical. La lógica dictaría que siguieran en su eterna abstención, pero nuestro deseo es que rectifiquen y se retome el camino, lo que requiere humildad y diálogo para reconstruir la unidad opositora en torno a una hoja de ruta, no a una candidatura. Cuando las aspiraciones personales se anteponen a los intereses del país, el extravío conduce a profundizar las diferencias. Si se impone la obsesión por el poder y lo electoral se convierte en una urgencia personal, distante del interés colectivo, entonces la política pierde su esencia. Las aspiraciones dejan de ser un derecho y este carnaval electoral termina siendo un acto de irresponsabilidad, una insolencia para los millones de venezolanos que sufren la dura realidad y la indolencia del régimen.

​¿A dónde conducirá al país un liderazgo desesperado, intolerante, incapaz de construir consensos y más pendiente de agredir o descalificar a otra parte de la oposición? Es la reflexión que cualquier ciudadano debe hacerse. Urge un liderazgo sensato y coherente, comprometido con la causa democrática más que con sus metas personales, y capaz de entender el valor de la unidad en esta hora crítica. No ayuda un liderazgo atrapado en la retórica radical que arranca aplausos y da popularidad, pero que muy poco aporta al cambio político en esta compleja coyuntura. Pero como «no hay peor ciego que el que no quiere ver», a quienes quieran seguir en su «hora loca» solo les recuerdo que «la desesperación exagera no solo nuestra miseria, sino nuestras debilidades», tal como decía Luc de Clapiers.

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​¡Dios bendiga a Venezuela!