Por: Domingo Luis Díaz Mendoza
Opinión
LA NUEVA ANTORCHA.— Todos cargamos con nuestra cuota de responsabilidad en la debacle nacional; no supimos poner freno a tiempo al torbellino que hoy gira, incesante, sobre su propio eje. La realidad venezolana se asemeja a la Hidra de Lerna, el monstruo mitológico de mil cabezas: cortas una o varias, pero mientras el corazón siga bombeando, estas se regeneran para continuar depredando. Solo un esfuerzo heroico y coordinado, como el de Hércules y Yolao, podrá finalmente someterla.

Fuimos pocos los que nos atrevimos a señalar lo que el país entero veía pero callaba por temor. Mientras la clase política, obligada por mandato a actuar, huía o se sumía en un silencio cómplice, el pánico se extendía al sonar de las botas. Muchos «líderes» sudaban la gota fría ante el pavor de ser señalados en el antiguo paredón mediático de los domingos.
En ese vacío de liderazgo, los periodistas que nos mantuvimos fieles a los principios democráticos asumimos el rol que le correspondía a esa política que solo disfrutó de las mieles del poder. Hoy pagamos caro el haber denunciado el nudo del conflicto: nos quedamos sin medios impresos, con colegas en el exilio, otros tras las rejas, vetados y silenciados.
Sin embargo, la historia demuestra que mantener la lucha en una sola línea, sin miedos, da frutos. Ejemplos de persistencia sobran en el espectro global y deportivo: desde Bolívar y Mandela, hasta figuras contemporáneas como Bukele o Milei; incluso en el béisbol con la tenacidad de figuras como Tom La Sorda o Regino Otero. Todos confirman la tesis del Libertador: “Dios concede la victoria a la constancia”.
Recientemente, un buen amigo —electricista y agudo observador de la realidad caraqueña— me pidió asomar nombres de figuras con credibilidad en los ámbitos académico, gremial y empresarial. ¿El objetivo? Unificar criterios para salir del tremedal donde nos hundió el proyecto del difunto. Figuras como Baltazar Porras, Cecilia García Arocha, Lorenzo Mendoza, Humberto Calderón Berti y Tinedo Guía, entre otros, poseen el calibre necesario para esta transición.
No faltarán los «opinadores de oficio» que, movidos por la insidia y la miseria humana, se dediquen a cuestionar estos nombres. Es parte de un ADN herido que debemos sanar. Personalmente, he evitado heredar odios, y esa claridad me permite entender que lo político y lo económico deben caminar juntos para rescatarnos de «La Carraplana» en la que vivimos.
El daño de la política del «exprópiese» es incuantificable. No podemos permitir más desquiciados al frente del país, ni políticos «madurados con carburo», mucho menos personajes con más historietas que Batman y Robin que aún deambulan por la Asamblea Nacional. A ellos, vigilancia estrecha.
Es el momento de mirarnos a la cara y al corazón en este trance difícil de la Patria Grande. Vacilar es perdernos.
¡Que Dios proteja a Venezuela!

