Por Alberto García Sánchez
Opinión
LA NUEVA ANTORCHA.— La partida de los amigos en quienes hemos confiado, con quienes hemos compartido sueños y recorrido juntos el camino de la vida, deja un vacío profundo y, a la vez, una inmensa reflexión. Estas amistades, cimentadas desde la misma generación y fortalecidas por el afecto, el cariño y el respeto mutuo, han sido pilares en nuestro trayecto personal y profesional.
Cuando ocurre la partida de un amigo tan cercano como José Vallito Aristimuno, el dolor no es solo una punzada, sino una grieta en las fibras más íntimas del alma. Su ausencia nos recuerda la fragilidad y la belleza efímera del tiempo que nos une.
Paradójicamente, pensar en la lista de amigos que ya no están no genera temor, sino una introspección serena. Aceptamos que la vida es un ciclo cuyo final solo el Padre Celestial conoce, y en esa incertidumbre reside una paz discreta.
La lectura del libro “Estoy Bien” de JJ Benítez, que aborda la existencia desde una perspectiva que trasciende el paraíso terrenal, ofrece un alivio tangible, una esperanza y una visión que calma la despedida física. Esta nueva forma de entender la vida y la muerte apacigua el espíritu, incluso frente a la tristeza de una partida inesperada.
Así, la ausencia de Vallito no es solamente un adiós doloroso, sino también un recordatorio perpetuo de lazos que nos definen y que permanecen más allá del tiempo y del plano terrenal. Su amistad, forjada desde los años setenta en las filas del partido Copei, es un legado vivo que sigue resonando en quienes compartimos ese vínculo.
En el recuerdo, el cariño, y la memoria, José Vallito Aristimuno y todos los amigos que se han ido continúan acompañándonos. Esta presencia intangible, este eco incesante, es el verdadero acto de amor que perdura.
Albert, cuando el dolor obliga a pensar.
9/12/25

