Por Rafael Urribarri
Opinión
LA NUEVA ANTORCHA.- En tiempos donde la propaganda y el cinismo político intentan imponer narrativas oficiales vacías de verdad, es necesario volver a los rostros humanos que revelan el drama profundo que vive Venezuela. Uno de esos rostros es el de Juan Requesens.
Hace apenas unos años, Requesens era símbolo de una juventud valiente que irrumpía con fuerza en la escena política venezolana. Diputado electo, defensor de los derechos humanos, demócrata a carta cabal y dueño de un verbo encendido, se convirtió en uno de los más férreos críticos del régimen de Nicolás Maduro. Su discurso en la Asamblea Nacional, acusando con claridad y coraje a los responsables de la tragedia nacional, aún resuena en la memoria de millones.
Pero el régimen no perdona el coraje. La noche del 7 de agosto de 2018, Requesens fue secuestrado por fuerzas del Estado. Días después, el país entero contempló, con horror y vergüenza, imágenes difundidas por el aparato de propaganda chavista en las que se lo mostraba reducido, humillado, con la ropa interior manchada de excremento. Aquella escena infame no fue un descuido, fue una advertencia. Un mensaje al país: esto le pasará a quien se atreva a desafiar al poder.
Requesens pasó años preso. Aislado. Torturado física y psicológicamente. Fue doblegado. El joven líder se fue apagando, transformado en una sombra de sí mismo. Hoy, su imagen vuelve a circular, pero no por su valentía, sino por algo más triste aún: está siendo usado por el mismo régimen que lo destruyó, lanzado como candidato en unas elecciones falsas, manipuladas, espurias.
La historia de Requesens no es un simple caso de traición política. Es la evidencia más cruda del daño que puede infligir una tiranía y en el caso de venezuela por una NARCOTIRANIA . Es el testimonio de cómo un ser humano puede ser triturado moral, emocional y simbólicamente por el aparato represivo de un Estado criminal. Su figura, que antes inspiraba esperanza, hoy genera compasión y una dolorosa reflexión: en Venezuela, hasta los más valientes pueden ser quebrados.
Pero este caso no debe llevarnos al derrotismo. Al contrario, debe encender aún más la alarma sobre la magnitud del desastre humanitario, ético y político que representa el régimen de Nicolás Maduro. Un régimen que, luego del fraude electoral del 28 de julio, ha perdido todo vestigio de legitimidad. Las actas presentadas por los testigos del candidato opositor Edmundo González –resguardadas bajo la prístina condición de vigilancia, compromiso y coraje de la líder María Corina Machado y su equipo ciudadano– demuestran que fue él, y no Maduro, quien ganó las elecciones. La sentencia del Tribunal Supremo de Justicia legítimo en el exilio, emitida el 30 de agosto, lo confirma: el CNE no presentó ninguna prueba documental que respalde el supuesto triunfo de Maduro.
Este es el momento de actuar. Invocamos el artículo 350 de la Constitución: el pueblo de Venezuela desconoce cualquier régimen, legislación o autoridad que contraríe los valores, principios y garantías democráticos. Y lo hacemos con la conciencia de que estamos ante una amenaza real, no solo para nuestro país, sino para toda la región. La reciente filtración que compromete al Banco Central de Venezuela con redes de financiamiento a grupos como Al-Qaeda, los talibanes y células iraníes radicales, confirma lo que muchos ya sabíamos: no se trata de un gobierno autoritario más, sino de una estructura criminal con alcances internacionales.
Y mientras esto ocurre, lo más vergonzoso y ruin es ver el triste y patético espectáculo que se desarrolla en Venezuela: individuos devenidos en fantasmas de lo que alguna vez fueron y representaron, arrastrados a unas elecciones falsas como parte del decorado macabro de la dictadura. A su lado, desfilan figuras que representan lo más bajo y corrompido de nuestra sociedad política: alacranes putrefactos, oportunistas profesionales, títeres envueltos en el disfraz de candidatos. Vemos arrastrarse sin pudor a caricaturas de sí mismos, como el grotesco “Conde del Guácharo”, el acomodaticio Ecarri , el corrupto y arrastrado Manuel Rosales o el ambiguo y complaciente Capriles.
Es la degradación de toda una casta de seres devenidos en escoria, dispuestos a cualquier indignidad con tal de obtener migajas del poder. Una corte de traidores que ha cambiado la dignidad por la sumisión, y la esperanza de un pueblo por su propio beneficio mezquino.
Juan Requesens merece algo mejor. Venezuela también.
“VIVA LA LIBERTAD”

