Por J. Velásquez
Opinión
LA NUEVA ANTORCHA.— La mediocridad se ha convertido en un recurso infalible para aquellos que, pretendiendo «hacer patria», imitan a líderes que se creen ungidos por la divinidad. Estas figuras arremeten contra las personalidades políticas que se atreven a diferenciarse del mesianismo, perjudicando un proceso que —tras momentos críticos y presiones necesarias— busca abrir camino a una transición democrática real. En una sociedad a veces dominada por la chatura intelectual, tener un enfoque distinto a los dogmas establecidos se paga con el ataque y el señalamiento.
La maledicencia de los tránsfugas cumple hoy un papel lamentable. En lugar de buscar los puntos de unión, se pierden en una idolatría vacía, imitando gestos de un patriotismo de cartón sin capacidad de autocrítica. Ese ingenio malintencionado subyuga la voluntad popular y actúa como una fuerza contraria al liderazgo colectivo que urge construir para el futuro del país.
¿Por qué generar antagonismos cuando la transición es una fase vital que requiere la aceptación entre las partes? La historia no perdona: la mediocridad de los liderazgos de otra época permitió que el chavismo se consolidara tras ganar una sola elección. Frente a ese pasado, surge una estrategia clara: Centrados propuso una candidatura simbólica y estratégica. Enrique Márquez asumió ese reto con estoicismo y pericia, logrando que su tarjeta se convirtiera en el segundo soporte electoral más importante para el triunfo de Edmundo González.
Márquez no se limitó a las palabras; enfrentó a Maduro cara a cara y le exigió rectificación. Defendió la voluntad soberana ante el CNE, el TSJ y la Fiscalía, armado con las actas y el derecho constitucional de elegir y ser elegido. Bajo la consigna «Vamos por la Constitución», recorrió el país sin esconderse, hasta que fue víctima de una emboscada que lo privó de su libertad.
Su valentía le costó un año de prisión. Salió con la frente en alto gracias a la providencia y a una mediación internacional de los Estados Unidos que él no solicitó, pero que facilitó su liberación. Resulta vil e injusto que hoy se le pretenda tildar de «alacrán» solo por mostrar gratitud hacia Dios y hacia quienes velaron por su integridad y la de su familia. Enrique Márquez dio la cara por todos; señalarlo hoy es el acto de mayor ingratitud de esa misma mediocridad que intenta frenar el cambio.


