Vie. Jul 31st, 2026

Por Soc. José Manuel Salazar M.

Presidente de Alianza Bravo Pueblo (ABP) en el municipio Anaco, estado Anzoátegui

Opinión

LA NUEVA ANTORCHA. — Es imposible negar el dolor y el cansancio. Como sociólogo, entiendo que el tejido social se fractura profundamente cuando la distancia entre la cotidianidad del ciudadano y las estructuras de poder se convierte en un abismo. Se han cometido errores y se han roto promesas; con ello, se quebró el lazo más sagrado de cualquier comunidad: la confianza legítima.

​El desencanto que hoy embarga a la sociedad civil es real. Constituye una respuesta humana y natural ante la desconexión, y merece ser reconocido con absoluta humildad. Sin embargo, la propia dinámica social nos recuerda una verdad latente: ningún grupo humano sobrevive aislado. Nos necesitamos mutuamente.

​El latido y la estructura

​La sociedad civil representa el motor vivo de Anaco y de toda Venezuela. Es la madre que lucha por su familia, el vecino que organiza su sector, el trabajador que sostiene el día a día. Es la red que le otorga identidad y fuerza a nuestra gente.

​Por su parte, los partidos políticos no nacieron para consolidarse como élites distantes, sino como instituciones al servicio de la vida colectiva. Son los canales que la propia sociedad articuló para transformar la energía de la calle en realidades concretas: bienestar, justicia y dignidad.

​Sin el latido y la contraloría social, las organizaciones políticas corren el riesgo de convertirse en estructuras vacías. Del mismo modo, sin canales institucionales organizados, la legítima protesta corre el peligro de diluirse en la frustración.

​Un pacto de madurez social

​La reconstrucción de nuestra comunidad política no comenzará con reclamos estériles, sino con un nuevo pacto de escucha mutua y empatía:

  • A los partidos políticos nos corresponde un acto de humildad institucional. Debemos dejar los discursos cerrados y volver a la calle. Escuchar no para ganar un debate, sino para comprender las dinámicas y necesidades reales del ciudadano. Es momento de abrir las puertas con la madurez de quien reconoce sus faltas y entiende que la soberanía reside en la gente.
  • A la sociedad civil le pedimos que no renuncie a su rol protagónico. Comprendemos la apatía, pero el espacio público que la ciudadanía abandona queda desprotegido. La participación activa y la mirada crítica son el único oxígeno capaz de renovar el sistema desde adentro.
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​La mesa común

​Una sociedad equilibrada no es aquella donde todos piensan igual, sino en la que las diferencias se procesan con respeto. No somos enemigos en trincheras opuestas; somos actores de una misma realidad social compartiendo el mismo suelo.

​El equilibrio idóneo nace cuando el liderazgo político asume plenamente su rol de servidor público y el ciudadano abraza la corresponsabilidad de construir el país que merecemos.

​Cuidemos ese puente. Sanemos sus grietas con honestidad y el reconocimiento del otro. Reconciliar el alma ciudadana con la voluntad política es el único camino hacia la libertad, la democracia y la restitución de la dignidad de nuestro futuro.