Por Soc. José Manuel Salazar M.
Opinión
LA NUEVA ANTORCHA. — El despertar político de nuestra sociedad no se consolida únicamente al respaldar un liderazgo en el que se confía, sino al exigir madurez y honestidad a todos aquellos que intentan sumarse a esa corriente. En la Venezuela actual, donde la ciudadanía ha respaldado de forma contundente el liderazgo de María Corina Machado, surge una inquietud legítima frente a quienes pretenden presentarse ante el país firmando un «cheque en blanco»: actores que, careciendo de una base propia o de una trayectoria coherente, intentan gravitar alrededor de una figura legitimada para asegurar candidaturas o cuotas de poder.
El elector venezolano ha transitado un camino de profundo aprendizaje; su mirada es hoy mucho más aguda y ya no se conforma con el endoso automático. Para sanar las complejas heridas sociales acumuladas a lo largo de estos 27 años, la nación no requiere oportunismos, sino capacidades reales y solvencia ética. Quienes aspiren a la representación popular no pueden pretender que el prestigio ajeno solape sus propios vacíos. Resulta inviable entregar la responsabilidad de la reconstrucción nacional a quienes, por acción, omisión o complicidad con el ecosistema del régimen, contribuyeron a generar esas heridas.
A quienes pretenden promovérse vistiendo escapularios ajenos, la ciudadanía les plantea una exigencia ineludible: el país ya no necesita que le hablen de un liderazgo plenamente consolidado ni de una causa que representa el anhelo unánime de los venezolanos, como lo son la libertad y la democracia. Lo que la sociedad exige y auditará con rigor es conocer la idoneidad de cada aspirante: sus propuestas, talentos y competencias, pero sobre todo, la transparencia de sus orígenes.
El futuro de Venezuela no se puede construir sobre el viejo vicio del camuflaje político.


