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«Venezuela no será colonia de nadie, pero tampoco será rehén de un tirano»


Por Antonio Ledezma

Opinión

LA NUEVA ANTORCHA.- En las sombras de la diplomacia de rehenes, donde los tiranos disfrazan sus debilidades con palabras almibaradas, Nicolás Maduro ha desplegado una nueva táctica: la carta conciliadora.

Hace apenas dos semanas, el 6 de septiembre de 2025, Maduro envió una misiva personal a Donald Trump, revelada por la agencia de noticias Reuters, en la que insta a retomar el «diálogo» a través de Richard Grenell, el enviado especial de la Casa Blanca con quien el chavismo había pactado deportaciones y liberaciones de presos al
inicio del año.

«Presidente, espero que juntos podamos derrotar las falsedades que han empañado nuestra relación, que debe ser histórica y pacífica», escribió Maduro, clamando por «conversaciones directas y francas» para superar el «ruido mediático y las fake news».

Es un tono de sumisión disfrazada de
igualdad, un lamento por la «relación histórica» entre dos naciones que, según él,
solo ha sido empañada por «falsedades». 

Pero este súbito afán de paz no es más que un espejismo estratégico. Maduro no escribe desde la convicción de la reconciliación, sino desde la desesperación de un régimen acorralado.

Tras el regreso de Trump a la Casa Blanca en enero de 2025, las tensiones han escalado: ataques estadounidenses contra embarcaciones venezolanas acusadas de narcotráfico, el despliegue de buques
de guerra contra las mafias en el Caribe y la duplicación de la recompensa por
la cabeza de Maduro a 50 millones de dólares, por sus certificados lazos con el
«Cartel de los Soles» y el tráfico de cocaína.

Grenell visitó Caracas en enero,
posando con Jorge Rodríguez, uno de los espadachines de Maduro, ante la
espada de Bolívar en un gesto que buscaba descolocar a la oposición, pero los
acuerdos efímeros se evaporan ante las nuevas ofensivas de la Casa Blanca en
Washington. Ahora, con misiles y submarinos nucleares en el horizonte acosando a los carteles del narcotráfico, Maduro agita el espectro de un «diálogo» que, en realidad, busca una tregua para su supervivencia.

Este cambio de tono choca brutalmente con la retórica incendiaria que Maduro que ha escupido durante años contra el «imperio gringo», los «yankees» y, en particular, contra Donald Trump.

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No es casualidad: es la esencia del chavismo,
un régimen que ha convertido el odio anti estadounidense en combustible ideológico, mientras sus líderes acumulan fortunas en paraísos fiscales.

Recordemos el historial de agravios, no como anécdota, sino como prueba irrefutable de su hipocresía. No olvidemos que en esas patrañas está atravesada la cartilla de Fidel Castro, que primero Hugo Chávez y ahora
Maduro, siguen “al pie de la letra».

Desde su ascenso en 2013, Maduro ha erigido al «imperio yankee» como el gran
demonio. En 2018, denunciaba una «campaña de chantaje» de Washington contra América Latina para aislar a Venezuela. En 2019, ante el reconocimiento del gobierno interino por Trump, Maduro expulsó al personal diplomático estadounidense en 72 horas, gritando «¡Yankee Go Home!» y acusando al gobierno de Trump de orquestar un «gobierno títere». Llamó a las acciones de
EE.UU. un «golpe de Estado continuado» que violaba el derecho internacional, y
rechazó las «virulentas amenazas» de Trump como un asalto a la soberanía
venezolana.

Trump, por su parte, no se quedó atrás: en su discurso del Estado de la Unión de
2020, lo tildó de «tirano ilegítimo que brutaliza a su pueblo», prometiendo «aplastar y romper su agarre tiránico».

Maduro respondió con veneno puro. En múltiples ocasiones, lo describió como un «vaquero racista vulgar y miserable», y acusándolo de desatar a la CIA para derrocarlo.

En 2019, denunció un «asalto
brutal» de la policía de Trump a la embajada venezolana en Washington, violando la Convención de Viena. Y en foros internacionales, como la ONU,
ridiculizó una «reunión de la vergüenza» convocada por Trump contra la
dictadura de Maduro en Venezuela.

Las amenazas no se limitaron a palabras. En 2020, Maduro demandó justicia ante la Corte Penal Internacional por «crímenes contra la humanidad del bloqueo imperial”, y en 2021, en el Día del Antiimperialismo Bolivariano, citó a Simón Bolívar para advertir que EE.UU. está «destinado por la providencia para
plagar de miseria a la América en nombre de la libertad.

Sus posts en X (antes Twitter) rebosan de esto: «El imperio de los EE.UU. no ha podido, ni podrá con Venezuela, no somos ni seremos jamás una colonia”.

En 2025, con Trump de vuelta, el guión se repite con más ferocidad. Ante el despliegue naval en el Caribe —que Washington justifica como lucha contra carteles—, Maduro juró defender la soberanía con 4,5 millones de milicianos, declarando una «república en armas» si hay una invasión. Acusó a Trump de
buscar «cambio de régimen por petróleo de «agresión militar» en ataques a barcos que mataron a 11 personas, y de «terrorismo psicológico» con mensajesn intimidatorios. «No hay forma de que entren a Venezuela», rugió, prometiendo «máxima rebelión» y que una guerra «mancharía las manos de Trump con sangre». En X, sus mensajes recientes evocan la «amenaza» del «imperio» y la
defensa contra «sanciones yankees».

Este contraste no es sólo retórico; es la confesión de un régimen en quiebra
moral. Maduro, que ha convertido Venezuela en un narcoestado —con acusaciones probadas de narcotráfico que él niega como «falsedades», pasa de amenazar con «repúblicas en armas» a suplicar «paz histórica». Es el mismo que, en julio de 2024, condenó el atentado contra Trump en un post inusual de solidaridad, solo para volver a los insultos meses después.

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¿Diálogo genuino o maniobra para ganar tiempo? Es el mismo Maduro que se las arregló para que el expresidente Joe Biden le devolviera sus dos narco sobrinos, ya estaban
sentenciados por narcotráfico y con ellos volviera de regreso a Venezuela su
testaferro consentido Alex Saab (20 de diciembre de 2023). ¿El acuerdo?
Maduro aseguró, jurando por dios, que “permitirá realizar elecciones libres y
liberaría a los presos políticos». No cumplió para nada esos acuerdos que firmó
en la negociación de Barbados. 

La verdad está plasmada en el informe que el lunes 22 de septiembre presentó ante La ONU la Misión Internacional Independiente de Determinación de los Hechos sobre la República Bolivariana de Venezuela.

Es un parte detallado dicha misión confirma que, “en Venezuela se ha instaurado un sistema de represión estatal, en el que todos los poderes públicos participan de forma coordinada para silenciar, perseguir y castigar a opositores reales o percibidos como opositores”. Destacan que “la violencia
institucionalizada —detenciones arbitrarias, desapariciones forzadas, tortura,
violencia sexual y asesinatos— no son incidentes aislados, sino parte de un
terrorismo de Estado que utiliza el miedo como herramienta política”.

La Misión insta al Estado venezolano “a liberar a todos los detenidos arbitrariamente. Garantizar el acceso a justicia y reparación a las víctimas. Poner fin a la impunidad y permitir investigaciones internacionales. Desmantelar las estructuras de represión y las leyes utilizadas para criminalizar
la disidencia”.

Los tópicos y frases claves a destacar dentro de la narrativa del informe, indican que “hay más de 2.220 personas detenidas tras las protestas de 2024, muchas de ellas sin orden judicial ni garantías. Más de 200 nuevas detenciones documentadas en 2025, confirmando que la represión sigue activa”.

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La Misión de la ONU califica estas prácticas “como crímenes de lesa humanidad por
persecución política”.

La Misión confirma que “84 extranjeros de 29 países fueron detenidos y usados como fichas de negociación política; que se registraron 30 muertes, 25 en protestas y 5 bajo custodia del Estado; 30 desapariciones forzadas documentadas, con autoridades negando el paradero de las víctimas; se
documentaron casas clandestinas de detención y manipulación de documentos
oficiales; que la tortura sigue siendo política de Estado, llegando a aplicar descargas eléctricas en genitales, asfixia y aislamiento prolongado y que las celdas de castigo de un metro cuadrado mantienen a los detenidos en
condiciones inhumanas.

También se reporta violencia sexual sistemática contra mujeres, adolescentes, hombres y personas LGBT y que ninguno de los casos de violencia sexual ha sido investigado, garantizándole impunidad total
para los agresores. La Misión concluye que “Venezuela vive bajo terrorismo de Estado, con el miedo como herramienta de control”.
Como ex alcalde de Caracas y preso político del chavomadurismo, he visto y padecido de cerca esta farsa, “en carne propia”. Maduro no busca paz; busca perpetuarse. Trump debe ignorar esta carta y presionar con la fuerza de la verdad: más sanciones contra los integrantes de la pandilla de esa corporación
criminal y más apoyo a la resistencia cívica que lideran el legítimo presidente electo, Edmundo Gonzalez y la líder que guía espiritualmente a nuestro pueblo,
María Corina Machado. Esa es la única manera y vía para restaurar la democracia.

Venezuela no será colonia de nadie, pero tampoco será rehén de un tirano. El pueblo clama libertad, y el «diálogo» de Maduro es solo humo paracultar su rendición inminente. ¡Hasta que caiga el régimen, no habrá paz
verdadera!


antonioledezma.net