Por H. Marquina
Opinión
LA NUEVA ANTORCHA.— Cuando el análisis se aborda con objetividad, el debate trasciende el insulto visceral en las redes sociales para dar paso a la reflexión estratégica.
En el convulso escenario político venezolano, la moderación se ha convertido en una actividad de alto riesgo. El caso de Enrique Márquez es emblemático: tras una trayectoria dedicada a la ruta electoral y la reinstitucionalización, hoy se encuentra bajo el fuego cruzado de quienes —desde el dolor y la legítima frustración— confunden la diplomacia con la entrega y el realismo con el colaboracionismo.
Señalar a Márquez como «facilitador» no solo es una lectura superficial de sus acciones; es un error estratégico que castiga la política profesional en favor de la estridencia. Para comprender su postura, es vital analizar los tres pilares que sostienen su defensa:
1. La política como el arte de lo posible
La acusación de colaboracionismo suele nacer de una premisa errónea: la falacia de la causa falsa, que sugiere la existencia de soluciones mágicas o fuerzas externas listas para actuar de forma inminente. Márquez opera bajo la premisa contraria: la crisis solo se resuelve con los actores que están en el tablero. Su participación en instancias institucionales no busca «lavarle la cara» al poder, sino disputar espacios que, de quedar vacíos, serían ocupados por la arbitrariedad absoluta.
2. El diálogo no es claudicación
En cualquier conflicto histórico, las transiciones han requerido interlocutores capaces de tender puentes. Márquez ha asumido el costo personal de ser ese enlace. Si bien sus declaraciones pueden resultar incómodas para quienes exigen una confrontación total, son precisamente esas posturas las que mantienen una rendija abierta para la negociación. Sin canales de comunicación, la única alternativa es la violencia, un camino que ya ha demostrado su ineficacia y su altísimo costo en vidas humanas.
3. La fiscalización desde el terreno
A diferencia de quienes optan por el repliegue, Márquez ha elegido la fiscalización presencial. Su paso por el Consejo Nacional Electoral y su reciente rol como candidato se han centrado en documentar, denunciar con pruebas y presionar dentro de los márgenes de la ley. ¿Es esto colaborar? Al contrario: es desafiar al sistema en su propio terreno, obligándolo a mostrar sus costuras frente a la mirada técnica y política.
Conclusión: El peligro de los dogmatismos
Juzgar a Enrique Márquez como un «aliado» es ignorar que la democracia no se construye solo con proclamas, sino con el trabajo ingrato de la carpintería política. La pureza ideológica que hoy lo condena es la misma que, a menudo, nos ha dejado sin opciones reales de cambio.
Defender a Márquez es, en última instancia, defender el derecho a pensar la política más allá del blanco y negro. Es reconocer que, para salir del laberinto, hacen falta personas dispuestas a caminarlo, incluso cuando el suelo está minado de incomprensiones.
Este análisis busca apelar a la clase política pensante y a los ciudadanos agotados de una polarización estéril que no produce resultados.
Mérida, marzo de 2026 @hmarquina

