Por Erick Sapienza
Opinión
LA NUEVA ANTORCHA.— La historia política mundial nos enseña una lección incómoda pero ineludible: las transiciones exitosas rara vez son épicas cinematográficas donde el «bien» derrota al «mal» en una batalla final y los créditos ruedan sobre un país perfecto, al contrario, las transiciones sostenibles —desde la España post-franquista hasta la Sudáfrica de Mandela, pasando por las salidas del comunismo en Europa del Este— son procesos desordenados, llenos de zonas grises, tragos amargos y, sobre todo, pactos de convivencia.
Venezuela lleva años atrapada en una dinámica de suma cero, donde la victoria de un bando se percibe como la aniquilación total del otro, sin embargo, si miramos el mapa global de las últimas cuatro décadas, entendemos que para que Venezuela avance, debemos abandonar la narrativa de la «conquista» y abrazar la narrativa de la «reconstrucción».
El espejo global
No todas las transiciones son iguales, existen las rupturistas, que suelen ser violentas y dejar cicatrices profundas (como en Rumanía en 1989), y las pactadas, donde el costo de mantener el status quo se vuelve insostenible para quienes detentan el poder y el costo de la confrontación se vuelve inviable para quienes lo desafían.
Chile no transitó a la democracia porque Pinochet se despertara un día con vocación democrática; lo hizo porque se construyó una arquitectura institucional que garantizaba que, incluso perdiendo el poder, ningún sector sería perseguido hasta la extinción. Polonia no cambió gracias a la fuerza bruta de solidaridad, sino a las mesas redondas que diseñaron un futuro compartido.
El nudo venezolano
En Venezuela, el estancamiento político ha derivado en una catástrofe social y económica, para destrabar este juego, debemos entender que una transición no es un acto de magia, sino una obra de ingeniería política. Lo que debe suceder en Venezuela para avanzar no depende solo de la voluntad popular, sino de la creación de incentivos reales para la alternancia, esto implica tres pilares fundamentales que, aunque impopulares para los sectores más radicales, son indispensables:
- Re-institucionalización progresiva: No se pueden cambiar todas las instituciones de la noche a la mañana, se requiere un acuerdo mínimo sobre las reglas del juego, esto empieza por árbitros electorales que, aunque no sean perfectos, sean mutuamente aceptables, y un sistema de justicia que deje de ser un arma política.
- Justicia Transicional, no venganza: Este es el punto más doloroso, para avanzar, Venezuela necesitará mecanismos de justicia transicional, la historia demuestra que la paz duradera a menudo requiere un equilibrio precario entre justicia y gobernabilidad; no se trata de impunidad, se trata de viabilidad, si el costo de entregar el poder es la cárcel o el exilio seguro, el poder nunca se entregará voluntariamente.
- Garantías económicas y de seguridad: Los actores de poder (incluyendo las fuerzas armadas) necesitan saber cuál será su rol en el «día después», sin garantías de respeto a la carrera militar institucional y sin un plan económico que integre a diversos sectores productivos —más allá de su ideología—, el miedo al cambio seguirá siendo el mayor estabilizador del régimen actual.
La madurez política
Avanzar requiere que la sociedad venezolana y su liderazgo político comprendan que el otro —el adversario— no va a desaparecer, seguirá existiendo, votando y opinando. La democracia no es el sistema donde todos pensamos igual, es el sistema donde resolvemos nuestras diferencias sin matarnos.
El mundo está lleno de países que lograron salir del abismo, ninguno lo hizo esperando un salvador externo ni aferrándose a la pureza ideológica, lo hicieron sentándose con el enemigo, tragándose el orgullo y firmando hojas de ruta imperfectas pero funcionales.
Venezuela tiene el talento y la resiliencia para lograrlo lo que falta ahora es el pragmatismo para entender que la mejor transición no es la que soñamos en un papel, sino la que somos capaces de construir en la realidad.

