Por Juan Velásquez
Opinión
LA NUEVA ANTORCHA.— La elección es la base fundamental para consolidar la libertad; sin ella, no existe la legitimidad. El tránsito hacia el cambio debe ser un proceso de adaptación para la convivencia, incluso con aquellos que cedieron ante el régimen, pero también un recordatorio para la extrema fundamentalista: un pueblo de ciudadanos es aquel que ejerce sus derechos en plena libertad.
La democracia no fue concebida para servir a los políticos; por el contrario, los partidos políticos nacieron para servir a la democracia.
La Refundación Necesaria
La reconstrucción del país exige la refundación de estos instrumentos de redención social. No podemos permitir que sigan siendo «partidos de bolsillo». Su validez debe emanar de la legitimidad de origen, sustentada en procesos de elección transparentes.
La condición ciudadana debe ser el requisito primordial para cualquier activista. Las organizaciones políticas deben perseguir fines sociales, no objetivos crematísticos. Sus cimientos deben ser:
- La honestidad.
- La moral.
- La ética.
Las Consecuencias del Descuido
Esta pesadilla política, que hoy se encuentra en proceso de inanición, es la consecuencia directa de haber permitido desmanes y de haber promovido a delincuentes de «cuello blanco» en la administración del Estado.
Es imperativo recordar el Decreto de Guerra a Muerte contra la Corrupción de 1824, dictado por el Padre de la Patria. En él se establecía que todo funcionario público que, tras un juicio sumario, resultara culpable de malversar o apropiarse de fondos públicos —desde un peso en adelante— quedaría sujeto a la pena de muerte.
Si ese decreto se hubiese mantenido vigente como un estándar moral inquebrantable, Venezuela sería hoy la nación más desarrollada del orbe. El conocimiento profundo del problema es, sin duda, la clave de la solución.

