Por Ronny Leonardo Padrón Pérez
Opinión
LA NUEVA ANTORCHA. — Eso y no otra cosa es el repudiable espectáculo iniciado el pasado 18 de junio por representantes de la Asamblea Nacional electa en 2015, y prolongado recientemente por un excandidato presidencial del proceso de 2024. Ambos episodios responden a una misma premisa: desplazar, mediante argucias, a la jefatura política del movimiento democrático nacional, electa el 22 de octubre de 2023 y ratificada el 28 de julio de 2024.
Es difícil concebir una coyuntura política más compleja que la actual en Venezuela: un país bajo la tutela de una potencia extranjera y sojuzgado por un régimen de facto, pero que cuenta con una sociedad democrática vibrante, organizada bajo un liderazgo respaldado por la mayor legitimidad posible: el voto popular.
En este contexto emergió una representación oficiosa de la clase política que ha fracasado durante los últimos 25 años. Su propósito ha sido desplazar mediante triquiñuelas al liderazgo democrático, a sabiendas de que tales maniobras resultan socialmente devaluadas y éticamente cuestionables, especialmente en una etapa tan delicada que se asemeja más a un conflicto decisivo que a una transición convencional.
Cabe preguntarse qué consideración merece una dirigencia que, al inicio de un proceso de negociación crucial, intenta usurpar la conducción del movimiento democrático aliándose con intereses externos; o bien aquellos sectores que defienden comicios sectoriales por encima de la elección presidencial, a contracorriente de lo pactado el 29 de mayo de 2026 en el Manifiesto de Panamá.
Como señala la célebre frase atribuida popularmente a Albert Einstein: «Locura es hacer lo mismo una y otra vez esperando resultados diferentes». Ante este panorama, solo queda actuar con coherencia y firmeza: oración y trabajo.
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