Por Ronny Leonardo Padrón Pérez
Opinión
LA NUEVA ANTORCHA.— «El grado de civilización de una sociedad se mide por el trato que le concede a sus presos». Fiódor Dostoyevski. No podía ser más oportuna la cita, precisamente ahora en 2026 cuando cabía esperar una Hispanoamérica desarrollada, en grado suficiente como para dejar atrás la vergüenza tradicional de nuestras cárceles. Pero no ha sido así.
La América Hispana casi sin excepción instrumentaliza la privación de libertad personal como medio eficiente de control social, no siempre por nobles motivos, haciendo caso omiso a la razón que le aconseja políticas anti delictivas distintas. Cuando la arbitrariedad endémica en la aplicación de penas corporales viene acompañada de torturas, tratos crueles, y degradantes a la condición humana, comprendemos que esta decadencia regional no es mera coincidencia.
Sin embargo, la categoría que refleja en mejor medida esa depravación en nuestra sociedad es sin duda la llamada prisión política. Indudablemente bajo régimen democrático de libertades todos los reos – incluso el prisionero político promedio – contará con un grado ponderable de respeto a sus derechos humanos, verbigracia: las condiciones de reclusión vigentes durante el proceso penal por los hechos acaecidos el 4 de febrero de 1992 en la República de Venezuela.
El contraste resulta abismal cuando revisamos el sistema carcelario en aquellos países hispanoamericanos cuyo nivel democrático es deficiente o incluso nulo. Es allí donde rige la cosificación del ser humano por parte de Estados nacionales que le confinan en mazmorras incumpliendo el debido proceso, con el notorio objetivo de ¨escarmentar¨, muy lejos de aquella retribución proporcional ante la falta cometida, peor aun anulando en la praxis toda posibilidad de resocialización.
Ni que decir cuando de lo que se trata es de torturar a quien piense distinto al poder constituido. Hablamos de hitos sociológicos extremos que imponen la inmediata corrección empleando para ello todos los mecanismos que el orden jurídico nacional e internacional contemple al efecto; apenas la primera etapa de un proceso de reeducación con alcance general, capaz de garantizar la internalización de nuevos paradigmas. «Los pueblos que olvidan su historia están condenados a repetirla». George Santayana (1863-1952) poeta español. Oración y trabajo.
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