Por Alberto García Sánchez
Opinión
LA NUEVA ANTORCHA.— Ver a un joven amigo postrado en la cama de un hospital, condenado a la discapacidad, duele y genera un pesar indescriptible que se extiende hasta el núcleo familiar. Apaga la esperanza de una madre o de un padre a causa de una conducta irreflexiva.
Todavía siento el dolor por las lesiones del joven Ricardo en un accidente vial donde la imprudencia lo condenó a estar en una silla de ruedas para siempre. Es aquí cuando nos preguntamos: ¿no es suficiente el paisaje urbano de nuestras avenidas —desde la Principal de Lechería hasta las arterias más congestionadas de nuestro estado— para desplazarnos en automóviles o vehículos de dos ruedas de forma responsable?
Ya no se trata solo del flujo vehicular; es la irrupción de «almas que llevan por dentro al diablo»: motorizados que, en un estado de desconexión total con la realidad y la prudencia —algunos incluso bajo efectos que nublan el juicio—, zigzaguean entre la vida y la tragedia.
Resulta alarmante observar cómo la sensatez parece haberse esfumado del manubrio. Conductores que asumen la vía pública como una pista de carreras personal, realizando piruetas e ignorando señales, semáforos y el más mínimo sentido de autoconservación. Esta actitud atolondrada e irreflexiva no es un juego de adrenalina; es una ruleta rusa donde el tambor siempre tiene una bala lista para el más vulnerable.
Lo más doloroso de esta crisis no es solo la estadística de accidentes, sino el rastro de desolación que queda tras el impacto. La mayoría de estos conductores son hombres jóvenes, padres de familia que, en un segundo de temeridad, sentencian a sus parejas e hijos a un destino de orfandad y precariedad.
Cuando un motorizado cae por su propia imprudencia, no solo cae él; cae el sustento de un hogar. Quedan «críos» en estado de indefensión, enfrentando desde temprana edad el hambre y la miseria que deja la ausencia de un padre que prefirió la velocidad sobre la responsabilidad.
No podemos seguir transitando con miedo en nuestras propias ciudades. El llamado es a la reflexión profunda, porque conducir una moto conlleva la responsabilidad de proteger la propia vida y la de los demás. La libertad de movimiento no da licencia para el caos. Es hora de que la conciencia despierte antes de que el asfalto siga cobrando facturas impagables en los hogares venezolanos.
Hay que exigir mayor control policial —sin matraqueos— e intensificar las campañas de educación vial dirigidas específicamente a los jóvenes. ¡Salvemos a esa valiosa juventud!
Albert
Escrito con sentimiento al ver truncado el futuro de un joven.

