Entre el rugir de los bates y la dura realidad del jubilado, la victoria de la selección nacional ante Italia se convierte en un bálsamo necesario frente a las carencias y el olvido institucional, faltan pocas horas para que hagan historia
Por Alberto García Sánchez
Opinión
LA NUEVA ANTORCHA.— El triunfo de Venezuela sobre la selección italiana, en un espectacular partido saturado de emociones, me devolvió la alegría que parecía extraviada tras el anuncio del aumento pírrico del «bono de guerra», cancelado por el régimen con retraso y entre sombras.
La compañía de familiares y de un buen amigo colombo-italiano permitió fortalecer un entusiasmo que ya venía en ascenso tras la seguidilla de triunfos ante rivales de peso como Japón, que presentó un lineup de superestrellas encabezado por la figura de Shohei Ohtani.
Confieso que, cuando los italianos marcaron las dos primeras «rayitas», mi amigo Kenny —el entrañable «parcero»— se mostró pletórico de emoción. Mis miradas de soslayo se estrellaban sobre su humanidad desdoblada en festejo, como una protesta silenciosa que solo el béisbol sabe generar entre amigos.
El despertar del espíritu deportivo
Solo la fe y la esperanza me mantenían en pie. Ese sentimiento se alimentó cuando apareció en el plato el inmenso Maikel García para conectar un tablazo que generó tanta felicidad como «mono con hojilla» tras hacer una travesura. Desde ese instante, mi rostro y mi espíritu se transformaron gracias a las brillantes actuaciones de «El Abusadorcito» (Acuña Jr.), «La Regadera» (Arráez), «El Barrendero» (García) y una pléyade de lanzadores, entre ellos el estelar Palencia, con un repertorio de lanzamientos que dejó a los adversarios congelados.
Esas superestrellas pusieron alma, vida y corazón en un partido histórico. Por unas horas, su entrega nos hizo olvidar el drama de los presos políticos, el hambre, la miseria y la angustiosa situación de los jubilados y pensionados. Nosotros, que devengamos asignaciones miserables que impiden conciliar el sueño y tener una vida digna, encontramos en el diamante un refugio temporal.
Política, deporte y sentimiento nacional
Este momento me trajo a la memoria las palabras lapidarias de mi profesor, Juan Páez Ávila, en la Escuela de Comunicación Social de la UCV, quien sostenía que la política y el deporte eran incompatibles. Sin embargo, el sentimiento nacional que hoy alivia el alma nos obliga a matizar esa enseñanza.
La victoria de esta selección marca un hito en la historia venezolana. Es un respiro en medio de la tormenta, aunque el «parcero» Kenny se haya tenido que marchar con el rabo entre las piernas, tal como nos recuerda sabiamente nuestro refranero popular.
Puerto La Cruz, 17 de marzo de 2026.

