Vie. Jul 31st, 2026

Por Omar González Moreno

Opinión

LA NUEVA ANTORCHA.- En este comienzo de año 2025 hay un requien de voces estropajosas, como de desechos, flotando el aire del palacio de Miraflores.

Nadie, ni siquiera sus intimos, pueden ver a Nicolás Maduro sin sentir pavor.

No es miedo a su presencia, sino a lo que presumen se le viene encima a su debilitado régimen.

Es como mirar a un caído, un derrotado, un perdedor.

La ultima visión asi ocurrió el 31 de diciembre de 2024, frente al Palacio de Miraflores donde se habia preparado un evento que prometía ser un despliegue de miles de personas para un grandioso concierto con grandes artistas nacionales e internacionales.

Se trataba de una celebración, un circo, otro intento del cruel, corrupto e incapaz tirano, Nicolás Maduro, para tratar de recuperar algo de apoyo en un país harto de sus bellaquerias.

Sin embargo, lo que estaba destinado a ser una fiesta se convirtió en un eco de vacío, en un monumento a la indignación de un pueblo, que no acepta más tracalerias para aferrase al poder.

La gran expectativa se desvaneció cuando, a medida que avanzaba la noche, el número de asistentes fue desoladoramente nulo.

Solo los músicos, con sus instrumentos listos, permanecieron bajo las luces brillantes y la mirada expectante de un público que nunca llegó.

Maduro y sus cómplices se asomaban de vez en cuando por las rendijas de las ventanas del palacio de gobierno para comprobar, una vez más, que nadie lo quiere.

La presencia de Nicolás Maduro, que se había anunciado con pompa, fue aún más anodina; no se atrevió a salir y enfrentar al ausente pueblo que lo desprecia hasta mas no poder.

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Este fracaso no es solo un evento aislado; es un reflejo del estado de ánimo de toda una nación.

Un claro signo de que la desconexión entre Maduro y sus cómplices y las necesidades del pueblo, las cuales han alcanzado niveles críticos, literalmente insoportables.

La desilusión colectiva se hace palpable: la crisis económica, la inseguridad y el colapso de todos los servicios públicos han hecho de esos conciertos una distracción inutil y bejatoria para muchos, por eso la celebración se tornó en un recordatorio doloroso de lo que falta en la vida cotidiana de los venezolanos.

El silencio que reinó en Miraflores se convirtió en una metáfora poderosa del anhelo del irreversible de cambio.

En un país donde la música solía ser un vehículo de unidad y alegría, este evento se transformó en un lamento por lo que una vez fue y lo que podría ser.

Las notas de las canciones jamás interpretadas flotan en el aire, junto a las esperanzas de un pueblo que clama por un futuro mejor.

Este nuevo fracaso puede ser el inicio de una nueva reflexión sobre la necesidad de escuchar las voces de quienes realmente defienden los intereses de la gente, como María Corina Machado, para todo ese pueblo que desde que llegó el chavismo al poder sufre en el silencio.

¡Ya no más! Es el estribillo que más retumba en los tímpanos de los venezolanos.