Por Omar González Moreno
Opinión
LA NUEVA ANTORCHA.- En las últimas semanas, la noticia sobre la muerte del quinto preso político en la cárcel de Tocuyito ha conmocionado a la sociedad venezolana y a la comunidad internacional.
Este trágico evento pone de relieve la grave crisis humanitaria y la violación de derechos humanos que sufren los detenidos por el criminal régimen de Nicolás Maduro en el país.
La nueva victima de los verdugos de Maduro, Osgual Alejandro González Pérez, fue detenido arbitrariamente junto con su hijo, de 19 años de edad, y a ambos los trasladaron al Internado Judicial de Tocuyito, en Carabobo. Su hijo todavía continúa en los calabozos de este penal del horror.
Los nombres, como el de Osgual, retumban en la memoria colectiva como símbolo de resistencia ante una de las mas crueles tiranías que ha tenido Venezuela en su historia.
Las denuncias sobre la falta de atención médica, el hacinamiento extremo, la tortura y los asesinatos en las celdas de Tocuyito no son nuevas, pero cada nueva muerte trae consigo un grito de desesperación.
Familiares y defensores de derechos humanos han alzado la voz, clamando por justicia y visibilidad en un sistema penitenciario que parece haber sido diseñado para exterminar a los opositores.
La muerte de este prisionero no solo representa una pérdida dolorosa para su familia, sino también un recordatorio de la lucha constante por la libertad y la dignidad en un país donde el miedo y la represión son moneda corriente.
La comunidad internacional observa con preocupación, aunque sin acciones concretas, exigiendo respuestas y rendición de cuentas.
La Corte Penal Internacional, CPI, sinembargo inexplicablemente sigue dándole largas a la esperada orden de captura contra Maduro y sus cómplices que le exige el mundo.
Para muchos en Venezuela, la indiferencia de la CPI frente al criminal régimen de Maduro es sospechosa y se traduce en un ciclo perpetuo de sufrimiento.
La vida de cada preso político es un testimonio del coraje y la esperanza de un pueblo que anhela justicia y democracia.
A medida que la noticia de esta muerte se propaga, es fundamental que el mundo no ignore el sufrimiento de los venezolanos.
La memoria de aquellos quienes han perdido la vida por su lucha debe ser honrada, y su legado debe servir como un llamado a la acción para todos aquellos que creen en los derechos humanos y la libertad.
Ahí, en la sombra de Tocuyito, se enciende una luz de resistencia que pide a gritos ser escuchada.

