Vie. Jul 31st, 2026

Por Omar González Moreno

Opinión

LA NUEVA ANTORCHA.- En una reciente declaración que ha dejado perplejo a todo el mundo, el dictador Nicolás Maduro, se atrevió a desafiar al presidente de EEUU, Donald Trump, al acusar a la DEA y al FBI de promover al Tren de Aragua, una de las bandas criminales más temidas de la región.

Este acto no solo refleja el cinismo crónico de un tirano que ha llevado al país al abismo, sino que también evidencia una estrategia desesperada para desviar la atención de sus propios delitos.

El Tren de Aragua, con su expansión internacional y conexiones con el tráfico de drogas, representa una amenaza no solo para Venezuela, sino para países de norte y sur América.

Sin embargo, en lugar de enfrentar esta realidad y asumir la responsabilidad como cabecilla de esa organización criminal, Maduro opta por lanzar acusaciones infundadas contra instituciones del gobierno norteamericano que se dedican precisamente a la lucha contra el crimen organizado.

Este tipo de retórica no es nueva; es parte de un patrón en el que el régimen busca crear un enemigo externo para tratar de mantenerse en el poder, al tiempo que ignora la corrupción y el tráfico de drogas que ha proliferado bajo su nefasta gestión.

El cinismo de Maduro se manifiesta en la disonancia entre sus palabras y las acciones reales de su régimen.

Mientras alega que las fuerzas del orden internacionales protegen a criminales, su administración ha sido acusada de vínculos directos con el narcotráfico, el terrorismo y con grupos delictivos.

En este contexto, sus declaraciones no solo son irónicas, sino también un recordatorio del estado de descomposición que atraviesa Venezuela, donde la justicia ha sido sustituida por la impunidad y la complicidad con el crimen.

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La comunidad internacional observa con atención este espectáculo trágico: un sujeto qué, en lugar de respetar la voluntad soberana qué clama por un cambio, elige el camino de la manipulación y el engaño.

La historia de la lucha contra el crimen organizado en Venezuela no se resolverá con declaraciones vacías, sino con la fuerza de un compromiso genuino para enfrentar el crimen, la destrucción y la violencia que han asolado a la nación durante los últimos 26 años.

Este cinismo, más que un simple juego de palabras, es un reflejo de la desesperación de un régimen que sabe que su tiempo en el poder se acabó.

A medida que el pueblo venezolano busca soluciones y justicia, queda claro que el camino hacia la paz y la rehabilitación del país no pasará por la propaganda, sino por un cambio auténtico que responda a las necesidades y aspiraciones de nuestra gente.