Por Juan Velásquez
Opinión
LA NUEVA ANTORCHA.- La aniquilación de la naturaleza y la subyugación del inocente: esa es la firma imborrable de la barbarie humana. Cada explosión bélica—cada bomba lanzada para someter a un pueblo indefenso—no solo destruye vidas; deja un rastro de contaminación e irradiación que envenena nuestro único hogar. La guerra, con su escalofriante desprecio por la vida, no debe ser vista como una fatalidad política, sino como lo que realmente es: un delito de lesa humanidad.
El motor de esta destrucción suele ser el fanático, una figura fundamentalista cuya irracionalidad está impulsada por pasiones meramente terrenales y subalternas. Se ampara en el dogma, pero su fe es, en realidad, una excusa para la ambición. El ser humano tiene la nefasta habilidad de interpretar y manipular los textos sagrados y las ideologías a su conveniencia, creando divisiones donde solo debería haber humanidad.
No hay credibilidad en el concepto de una «tierra santa» ni en el de un «pueblo elegido por Dios» que justifique la violencia o la dominación. Si se acepta el principio fundamental de la espiritualidad, es que todos somos hijos del mismo origen y, por ende, herederos y guardianes de la madre naturaleza.
¿Son mártires todas las víctimas caídas bajo el yugo del credo y la fe? ¿Cuántos inocentes son forzados a sacrificar sus vidas, enviados a defender causas ajenas por la simple orden de un superior? La tragedia no reside solo en la muerte, sino en la anulación de la voluntad.
En este complejo panorama de creencias, hay quienes, como los gnósticos, no se definen por la fe ciega, sino por la búsqueda de un conocimiento interno (gnosis), demostrando que la espiritualidad no tiene que ser sinónimo de dogma.
Al final, ni el dogma ni el poder externo tienen la última palabra. Quien verdaderamente nos juzga o nos redime es nuestra propia conciencia.
El ser imperialista, desprovisto de una conciencia moral, se alinea con el Poder como único propósito existencial. Es esta falta de conciencia la que alimenta la maquinaria de la opresión. Es un tema escabroso y urgente; el estólido, aquel que se niega a pensar y a cuestionar, nos arrastra colectivamente hacia el abismo. Despertar la conciencia individual es el primer acto de resistencia contra la barbarie.

