Por Alberto García Sánchez
Opinión
LA NUEVA ANTORCHA.– La deformación del acoso y el concepto de bullying, atradicionalmente asociado al entorno escolar, ha experimentado una notable dispersión semántica en la esfera pública. Mientras que una parte de la sociedad minimiza el hostigamiento real en la niñez, otro segmento, particularmente figuras públicas y del entretenimiento, instrumentaliza narrativas de victimización infantil con fines de marketing y promoción personal.
Sin embargo, el escenario sociopolítico actual, marcado por la profunda crisis económica, ha gestado una forma de humillación social silenciosa y perversa. Esta nueva dinámica tiene como víctimas a quienes, irónicamente, la sociedad denomina la «juventud prolongada»: los pensionados y jubilados. Para este grupo, la precariedad ha trascendido la esfera de la subsistencia para convertirse en el eje de un nuevo hostigamiento social.
El Ostracismo de la Dignidad
El núcleo de este fenómeno radica en la incapacidad de los adultos mayores de participar en los rituales sociales más básicos que definen la camaradería. El acceso a bienes que antes se consideraban triviales, como una «cervecita» o cualquier otro gasto menor en un encuentro de amigos, se ha convertido en una barrera insalvable.
La mecánica de la exclusión se ilustra con claridad: en las reuniones de viejos amigos para jugar dominó, la compra colectiva de insumos (como una caja de bebidas alcohólicas) establece una cuota de facto. Quien no puede aportar, queda marginado del consumo. La incapacidad de sufragar este gasto, derivado de pensiones y jubilaciones pulverizadas, se disfraza socialmente con calificativos denigrantes como «tacaño» o «pichirre».
El caso de un ciudadano, al que llamaremos Iván, es elocuente. Invitado a las partidas de dominó en Guanire, se ve obligado a ser un mero observador de un disfrute al que no puede acceder. La expresión de su rostro al relatar esta situación, que oscila entre la pena infantil y la resignación profunda, es el verdadero «poema» de esta crisis: la erosión de la dignidad de quien, tras una vida de trabajo, es humillado por la insuficiencia de sus haberes.
El Dilema entre la Humillación y el Aislamiento
La pregunta central es, ¿por qué un adulto mayor acepta este tipo de burla y exclusión? La respuesta revela una compleja ecuación de supervivencia emocional:
»La verdad, es que me gusta jugar dominó y quedarme en casa, es un tormento…»
El individuo acepta el hostigamiento velado porque la necesidad de pertenencia y de escape social supera el dolor de la humillación. Las reuniones sociales, como la partida de dominó, representan uno de los pocos espacios de autonomía, identidad y respiro frente a la monotonía y las cargas domésticas (el «dinamo» del hogar). La burla se convierte en la moneda de cambio por un momento de normalidad y conexión social que la crisis ha puesto fuera de su alcance.
Conclusión: Una Llamada a la Sensibilidad
Este «nuevo bullying«, anclado en la precariedad económica, es mucho más que una simple broma entre amigos; es un síntoma de cómo la crisis ha fracturado los lazos sociales y ha impuesto una nueva jerarquía basada en el poder adquisitivo.
Es imperativo que, como sociedad, seamos conscientes de la profunda herida que este tipo de exclusión inflige en la autoestima de nuestros adultos mayores. Minimizar el impacto de la pobreza a través de la burla es un acto de violencia social que exige una reflexión profunda y un llamado a la sensibilidad colectiva, reconociendo que la incapacidad de contribuir no es un defecto de carácter, sino una consecuencia directa del colapso económico que asfixia a la llamada «juventud prolongada».

