Tras décadas de servicio público y compromiso comunicacional, un destacado periodista venezolano queda atrapado en el silencio y la oscuridad a la espera de una cirugía vital
Por Alberto García Sánchez
Regiones / Anzoátegui
LA NUEVA ANTORCHA.— Desde finales de la década de los 70, mi vida se entretejió con la de Israel Quijada Ordaz en un lazo de amistad pura, forjado en el bullicio cultural de la Universidad Central de Venezuela (UCV). Allí, en el Departamento de Cultura, Israel desplegaba su vocación natural como un alma generosa, impregnada de fe y respeto por el prójimo.
Años antes de aquel encuentro, su vida parecía trazada por una brújula espiritual. Bajo la guía del Padre Quinto de La Bianca, ingresó al Seminario Diocesano de Caracas con el altar como destino. Sin embargo, el Waraira Repano —nuestro amado Ávila— intervino de forma caprichosa. Durante una excursión junto a otros seminaristas, el encuentro fortuito con la belleza radiante de tres jóvenes en una quebrada despertó en él un torbellino de emociones platónicas que alteraron su paz monacal. Aquella pasión, que él vivió como un viacrucis personal, derivó en su salida del seminario.
Pero no fue un fin, sino un renacer. Israel descubrió entonces su verdadera llama: el periodismo. Tras egresar de «la casa que vence las sombras», sus palabras cobraron vida en las ondas hertzianas de Radio Continente y Radio Rumbos, donde su voz se convirtió en eco de la verdad.
El tiempo y la vocación lo trajeron de vuelta a Puerto La Cruz, la ciudad que lo vio crecer en el corazón de Anzoátegui. Allí, se erigió como un pilar de la comunicación en emisoras locales, prensa escrita e instituciones públicas, culminando su carrera como Director de Prensa y Relaciones Públicas de la Gobernación, donde se jubiló con el honor de años de servicio inquebrantable.
Un clamor por la justicia y la salud
Hoy, mi colega y hermano de luchas enfrenta un drama que interpela a la sociedad entera. Postrado en una cama y al borde de la ceguera total debido a cataratas avanzadas, el sistema al que dedicó su vida profesional le niega hoy el acceso a una cirugía vital.
A pesar de las gestiones realizadas ante el despacho del gobernador Luis José Marcano y la presidencia del Instituto de Salud regional, las respuestas no llegan. Esta deshumanización resulta alarmante: la solidaridad parece haberse evaporado en las esferas del poder. ¿Dónde queda el derecho humano a la salud garantizado en el Artículo 83 de la Constitución Bolivariana, que obliga al Estado a proteger la vida y la integridad física de sus ciudadanos?
Israel Quijada Ordaz no es solo un nombre en una nómina de jubilados; es un símbolo de resiliencia y de una generación que construyó la institucionalidad del estado. Su historia nos interroga directamente: ¿permitiremos que un hombre que iluminó ondas y páginas quede sumido en las tinieblas por la desidia administrativa?
Hacemos un llamado público a las autoridades y a la sociedad civil para que unan voces por su cirugía. La amistad verdadera, como esta que nos une desde hace casi cinco décadas, no se rinde ante la indiferencia. Es momento de actuar por la vida y la dignidad de un hombre que lo dio todo por informar.

