Vie. Sep 25th, 2026

​El reciente incremento del ingreso integral profundiza la brecha entre las bonificaciones y el salario real, dejando a los trabajadores desprotegidos frente a la inflación y sin beneficios sociales tangibles, denunció Luis Reyes tras asegurar que los venezolanos no aguantan más sacrificios por un proyecto que los llevó a la ruina total

Con información de Nota de Prensa

Regiones / Anzoátegui

​LA NUEVA ANTORCHA. — El reciente anuncio del ajuste en los ingresos de los trabajadores públicos a un total de $240 ha desatado una ola de confusión y un profundo debate en todos los sectores de la sociedad. Lo que desde las esferas oficiales se presenta como un alivio económico, es percibido por la inmensa mayoría de la masa laboral como una estrategia paliativa que no aborda la raíz del problema. La controversia radica en que este monto no es un «salario» en términos legales estrictos, sino una sumatoria de bonificaciones que dejan al trabajador en un estado de vulnerabilidad jurídica y financiera frente a una economía que no perdona.

Así lo aseguró Luis Reyes, secretario de reclamo de Sunep Sas Anzoátegui, quien aseguró que la mayor indignación surge del hecho de que el salario mínimo base se ha mantenido prácticamente congelado durante años, convirtiéndose en una cifra simbólica que no alcanza para cubrir ni el 1% de la canasta alimentaria.

Esta parálisis salarial tiene un efecto devastador a largo plazo: al no haber un aumento en el sueldo base, conceptos fundamentales como las vacaciones, los aguinaldos y, especialmente, las prestaciones sociales, quedan reducidos a montos insignificantes. El trabajador venezolano se encuentra hoy en una situación donde su esfuerzo presente no construye un patrimonio para el futuro, pues el ahorro y la seguridad social han sido sacrificados en favor de bonos de consumo inmediato, denunció.

Puede interesarte...  Guerra en Ucrania: Putin anuncia una inesperada tregua de tres días, del 8 al 10 de mayo

​El desglose de estos $240 revela una estructura de ingresos «bonificada» donde la mayor parte proviene del llamado Bono de Guerra Económica y el Cestaticket. Esta modalidad de pago, aunque inyecta liquidez en el bolsillo del ciudadano para los gastos del día a día, constituye lo que muchos expertos califican como una «burla» al derecho laboral. Al ser conceptos no salariales, el patrono —en este caso el Estado— se libera de las cargas prestacionales, mientras que el empleado recibe un dinero que se evapora rápidamente ante la fluctuación constante del tipo de cambio y la inflación subyacente que sigue marcando el ritmo de los precios en los anaqueles, explicó.

​La crisis laboral se agrava con la inestabilidad del sistema cambiario. A pesar de los anuncios de ajustes, el costo de la vida en dólares sigue incrementándose, lo que genera una paradoja económica: incluso recibiendo más divisas en bonos, el poder de compra real disminuye mes a mes. La falta de medidas estructurales para estabilizar la moneda nacional y controlar la especulación convierte cualquier ajuste en una solución efímera. Los gremios y sindicatos han sido categóricos al señalar que sin una verdadera política de recuperación del salario que respete las tablas salariales y la meritocracia, el trabajador seguirá atrapado en un ciclo de supervivencia y no de progreso, dijo.

​Finalmente, expeesa que el panorama económico exige algo más que simples bonificaciones; requiere una justicia social que devuelva la dignidad al trabajo. La sensación de ser engañados «como a niños» persiste en la opinión pública, que observa cómo el ingreso se transforma en «pan y agua» frente a una hiperinflación que devora los aumentos antes de que se hagan efectivos. La verdadera reconstrucción del país pasa por reconocer que un ciudadano consciente y una nación libre solo pueden prosperar cuando el trabajo es remunerado de forma justa, con leyes que protejan el ahorro y un poder que respete los límites de la dignidad humana.