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Por José Figueras (CNP 13258)

Internacionales

LA NUEVA ANTORCHA.— La geopolítica del Caribe ha entrado en una nueva fase de alta tensión con la ejecución de la Operación Lanza del Sur. Este despliegue militar de Estados Unidos, descrito como una misión de precisión, no solo moviliza activos navales de última generación, sino que activa una red de alianzas estratégicas en América Latina sin precedentes recientes.

La operación se sustenta en una arquitectura de seguridad que rodea a Venezuela por múltiples frentes:

  • Frente Caribe: Trinidad y Tobago y Guyana ofrecen plataformas de acceso inmediato, exacerbado por la disputa del Esequibo. República Dominicana y Puerto Rico sirven como nodos avanzados de interdicción y logística.
  • Frente Centroamericano: Panamá y Honduras (Base Soto Cano/Palmerola) aportan infraestructura aérea y naval. El Salvador, desde Comalapa, asegura el flanco del Pacífico, vital para cortar suministros del narcotráfico que financian estructuras regionales.
  • Apoyo Político: El bloque se completa con el respaldo diplomático de Argentina, Ecuador y Paraguay.

Del discurso a la fuerza naval

El elemento disuasorio final es la presencia del USS Gerald R. Ford. Este gigante nuclear se une a una masiva acumulación de fuerzas en aguas caribeñas. Su capacidad ofensiva supera con creces despliegues históricos, portando una carga de misiles Tomahawk superior a la empleada en operaciones críticas en Medio Oriente.

​La participación de este portaaviones sobre un territorio tan sensible sugiere que Washington podría estar listo para cruzar la línea de la presión diplomática hacia acciones cinéticas definitorias. La «Lanza del Sur» no es solo un ejercicio; es un mensaje claro de capacidad operativa a las puertas de Venezuela.

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