Por Ronny Leonardo Padrón Pérez
Opinión
LA NUEVA ANTORCHA.- Entre las paradojas actuales de la ciencia política ésta de la formalidad democrática como imperativo existencial incluso con tiranías, no deja de sorprender. Porque si bien es cierto que la praxis política define la cualidad, no lo es menos el que un déficit de ¨fachada democrática¨ resulta un lastre tan pesado que ningún régimen lo va a cargar.
Así entonces podemos inferir que la ¨marca¨ democracia ya adquirió una relevancia sociológica tal que resulta impensable emanciparla del desiderátum conceptual para cualquier régimen político. La República de Venezuela no iba a ser la excepción. Veamos.
Porque a partir del 11 de abril de 2002 en suelo patrio no existe violación sistemática a los derechos humanos que fuere ajena al PSUV y a su política de Estado, así lo certifican la totalidad de organismos internacionales especializados en la materia, incluso aquellos dependientes de la Organización de las Naciones Unidas. Sin embargo, la tradición electoralista es un sello distintivo para el socialismo criollo desde sus propios albores versión Siglo XXI, omitiendo siempre cualquier afán de transparencia comicial, enfatizando en su lugar sobre la importancia de garantizar solo el favor de los llamados a contar los sufragios.
Comprendemos entonces la dependencia vigente del régimen de facto acá dominante en relación a la democracia y sus formas, algo que pareciera risible tratándose de un grupo delictivo organizado sujeto a órdenes de captura emitidas por tribunales penales extranjeros, de allí que la juramentación presidencial del Lic. Edmundo González Urrutia, pendiente desde el pasado 10 de enero, adquiere una relevancia suprema habida cuenta su simbología política única en medio de un universo pletórico de formalidad democrática. Oración y trabajo.
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