En Venezuela presenciamos una emergencia humanitaria compleja en la educación. Columna de opinión actualizada por su vigencia a la fecha
Por: Tulio Ramírez / Sociólogo UCV
Opinión
LA NUEVA ANTORCHA. — Escribo estas líneas tras enterarme del alarmante rendimiento académico de los nuevos bachilleres que ingresaron en marzo de 2024 a la Facultad de Ciencias de la Universidad Central de Venezuela (UCV). Si las cifras no fueran tan dramáticas, preferiría dedicar este espacio al fútbol; sin embargo, la realidad nos obliga a analizar con rigor las estadísticas que definen el rumbo de nuestra educación.
En marzo de 2024, un total de 2.200 bachilleres solicitaron cupo en la UCV, de los cuales solo 573 lograron inscribirse en las distintas escuelas de la Facultad de Ciencias. No obstante, los resultados al finalizar el primer periodo —tras un semestre previo de nivelación— son desoladores: 461 estudiantes no lograron aprobar ni una sola asignatura.
Esto significa que un 80,25% de los nuevos ingresos fue incapaz de superar las exigencias académicas iniciales. Estamos ante una verdadera tragedia educativa.
Radiografía del colapso por escuela:
- Biología: De 144 ingresantes, 109 no aprobaron ninguna materia.
- Matemáticas: Se inscribieron 64 y 45 resultaron reprobados en todas las asignaturas.
- Química: De 84 inscritos, 66 no lograron avanzar en ninguna cátedra.
- Física: Ingresaron 79 bachilleres; 65 de ellos no aprobaron nada.
- Computación: De 174 alumnos, 149 reprobaron la totalidad de la carga académica.
- Geoquímica: Iniciaron 28 estudiantes y 27 de ellos no aprobaron ni una sola asignatura.
Reitero la cifra para que se comprenda la magnitud del problema: de 573 cursantes, 461 no aprobaron una sola materia.
Este descalabro es la consecuencia directa de una política sistemática: la ausencia de maestros normalistas y profesores especialistas, la implementación del «Horario Mosaico», y planes como «Chamba Juvenil», que han improvisado a jóvenes y personas sin formación pedagógica frente a las aulas. Es el resultado de salarios de hambre, laboratorios desmantelados, la promoción automática y una cultura que premia el mínimo esfuerzo bajo el lema de «hazme una cartelera para que pases».
En definitiva, estos son los «bachilleres de la revolución». La estrategia es clara: la forma más eficaz de dominar a una sociedad es sumirla en el analfabetismo; para ello, no se necesita un látigo, basta con privarla del conocimiento.
En una nación sin talento humano calificado, el poder queda exclusivamente en manos de quienes poseen el control económico y político. El resto, sin herramientas para discernir su condición, termina aceptando las migajas del Estado a cambio de un servilismo forzado por la subsistencia.
Resulta paradójico que esto ocurra mientras la humanidad avanza hacia los desafíos de la Inteligencia Artificial. Los datos aquí expuestos son verificables; figuran en las carteleras de rendimiento académico de la UCV, con nombre y apellido, cumpliendo con los reglamentos de transparencia institucional.
Ante este panorama, las preguntas son inevitables: ¿Cómo lograron graduarse de bachilleres jóvenes que desconocen las tablas de multiplicar o procesos aritméticos básicos? ¿Cómo fueron asignados por la OPSU a la UCV estudiantes que no distinguen entre prosa y oda, o que carecen de pensamiento lógico y habilidades de lectoescritura?
¿Dónde está el material humano con el que Venezuela debe emerger hacia los nuevos tiempos? ¿Hay responsables de este desastre o simplemente todos nos lavaremos las manos?
Me retiro rumiando este desconsuelo, tras 40 años ejerciendo como profesor titular en las aulas universitarias.

