Mié. Oct 20th, 2021
Trago amargo del trumpismo

El final de la presidencia de Trump ha sacudido la estabilidad de Estados Unidos como no lo hizo ni siquiera el 11 de septiembre, y eso sin considerar las casi 4.000 personas que mueren de COVID-19 todos los días.

El informe para justificar la impugnación emitido por la Comisión Judicial de la Cámara de Representantes cita, en detalle, el discurso que el presidente Donald Trump pronunció ante sus devotos el 6 de enero antes de que muchos de ellos irrumpieran en el Capitolio para pedir a gritos la ejecución.

“Tenemos que deshacernos de los congresistas débiles, los que no sirven, los Liz Cheneys del mundo, tenemos que deshacernos de ellos”, dijo Trump. Instó a sus secuaces a marchar por la avenida Pensilvania hasta el lugar donde se reunía el Congreso para certificar la elección que había perdido: “Porque nunca recuperarán nuestro país con debilidad. Tienen que mostrar fuerza y tienen que ser fuertes”.

Una semana después, la representante Cheney, la tercera republicana más importante de la Cámara Baja, votó para deshacerse de él, y de esa manera se unió a nueve de sus compañeros republicanos en apoyo a la impugnación. “El presidente de Estados Unidos convocó a esa turba, la reunió y encendió la llama de ese ataque”, dijo en una declaración, y añadió: “Nunca ha habido una traición mayor por parte de un presidente de Estados Unidos a su cargo y a su juramento a la Constitución”.

Trump se convierte ahora en el primer presidente en la historia de Estados Unidos en ser sometido a un juicio político en dos ocasiones. La mitad de todas las impugnaciones presidenciales desde el comienzo de la República son contra Trump. Este último proceso es diferente al primero, y no solo porque fue bipartidista. Así termina una semana en la que Trump al fin enfrentó la extensa condición de paria social que siempre ha merecido.

Luego de que una turba incitada por el presidente saqueó el Capitolio, mató a un policía y golpeó a otros más, a muchos se les cayó un velo de los ojos. De repente, todos sus partidarios, excepto los más fanáticos, admitieron que Trump era justo lo que sus más feroces críticos siempre dijeron que era.

Los bancos prometieron dejar de prestarle dinero. Las principales compañías de redes sociales le cerraron sus cuentas. Uno de los bufetes de abogados de la Organización Trump rompió la relación con su cliente. El entrenador de los Patriotas de Nueva Inglaterra rechazó la Medalla Presidencial de la Libertad y la PGA retiró su campeonato de un campo de golf de Trump. Las universidades le revocaron los títulos honoríficos. Algunas de las mayores corporaciones del país, junto con la Cámara de Comercio de Estados Unidos, se comprometieron a retirar las donaciones para los habilitadores de su fantasía de fraude electoral en el Congreso. Bill de Blasio anunció que la ciudad de Nueva York va a poner fin a los contratos con la Organización Trump para la gestión de dos pistas de hielo y otras concesiones que valen millones de dólares al año.

Los trumpistas suelen quejarse de que se les condena al ostracismo (el hecho de que la revista Vogue desairara a Melania Trump al parecer fue algo especialmente doloroso), pero ver a todas estas instituciones rechazar al presidente ahora es un recordatorio de cuántas no lo hicieron antes.

Al principio del reinado del presidente, esperaba que este momento de repudio generalizado no tardaría en llegar. No obstante, Trump sobrevivió a la investigación del fiscal especial. Sobrevivió a su primer juicio político. Cuando pareció empeñado en conservar su influencia política incluso después de perder las elecciones presidenciales, perdí las esperanzas de que hubiera un ajuste de cuentas. “Cuando todo esto termine, nadie admitirá que alguna vez lo apoyó”, tuiteó David Frum en 2019. Hace dos semanas, aquello no parecían ser más que castillos en el aire.

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Hay una especie de alivio en la llegada del castigo merecido después de todo. La pregunta es si es demasiado tarde, si la insurgencia de mala nota que el presidente ha inspirado y alentado seguirá aterrorizando al país que lo está dejando atrás.

“Se trató de una rebelión armada y violenta en la sede misma del gobierno, y la emergencia no ha terminado”, me dijo el representante Jamie Raskin, el principal demócrata a cargo del juicio político. “Así que tenemos que usar todos los medios a nuestra disposición para reafirmar la supremacía del gobierno constitucional sobre el caos y la violencia”.

El asedio al Capitolio no fue una salida para Trump, sino una apoteosis. Durante años, nos dijo que no aceptaría una derrota electoral. Durante años, ha instado a sus seguidores a recurrir a la violencia, se ha negado a condenar sus actos violentos y ha insinuado que una violencia aún mayor estaba en camino. Como declaró en Breitbart en 2019, en una de sus características amenazas: “Tengo de mi lado a gente que no se anda con miramientos, pero no van a actuar sino hasta que se llegue a cierto punto, y entonces las cosas se pondrán mal, muy mal”.

El 6 de enero ni siquiera fue la primera vez que Trump alentó un ataque armado a un Capitolio estadounidense; lo hizo la primavera pasada cuando activistas armados que estaban en contra del cierre por la pandemia irrumpieron en la sede de gobierno del estado de Míchigan. Volvió a suceder cuando se supo la noticia de un complot para secuestrar y ejecutar públicamente a la gobernadora Gretchen Whitmer. Trump comentó al respecto: “Digo, tendremos que ver si es un problema, ¿verdad? La gente tiene derecho a decir que tal vez fue un problema o que tal vez no lo fue”.

Impacta que Trump no actuara cuando el Congreso pudo haber enfrentado una toma de rehenes masiva o algo peor. Pero no sorprende.

A lo largo de su presidencia, los republicanos fingieron no escuchar lo que el presidente decía. Durante los últimos meses, los funcionarios electorales republicanos de Georgia narraron con creciente desesperación que recibieron un aluvión de amenazas de muerte como resultado de las incesantes mentiras de Trump sobre las elecciones, pero los republicanos a nivel nacional hicieron poco para frenarlo. No hubo ningún éxodo de funcionarios que se alejaran del presidente y de su marca cuando, durante los debates, se negó a comprometerse a realizar una transición pacífica del poder y les dijo a los Proud Boys: “Retrocedan y aguarden”.

La extrema derecha se tomó en serio los guiños y saludos del presidente, los retuits y las muestras de apoyo. “Donald Trump, desde su campaña y a lo largo de sus cuatro años en el cargo, no ha hecho otra cosa más que complacer a estas personas”, me aseguró Daryl Johnson, quien fue analista de inteligencia del Departamento de Seguridad Nacional.

Ahora consultor de seguridad privada, Johnson se vio atrapado en una tempestad política durante el gobierno Obama cuando escribió un informe mientras trabajaba en el Departamento de Seguridad Nacional en el que advirtió sobre un “resurgimiento de la actividad de reclutamiento y radicalización de la extrema derecha”, que incluía esfuerzos para atraer veteranos. Los republicanos se enfurecieron y consideraron que el informe era un intento de tachar a los conservadores de posibles terroristas. La unidad en la que trabajaba Johnson se desintegró y dejó el gobierno.

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Con Trump, la presión política sobre los cuerpos de seguridad federales para que ignoraran a la extrema derecha solo se agravó. Después de que un supremacista blanco mató a 23 personas en un Walmart de El Paso en 2019, Dave Gómez, quien fungió como supervisor del FBI a cargo de los casos de terrorismo, declaró a The Washington Post que la agencia estaba “atada de pies y manos” para tratar de investigar a los nacionalistas blancos. “Hay cierta reticencia entre los agentes a llevar a cabo una investigación que tenga como objetivo a quienes el presidente considera su base”, dijo Gómez.

Los integrantes de la violenta extrema derecha parecen haberse envalentonado por la experiencia de que se les tratara como electores valiosos. “Este problema ya existía desde antes de Trump, pero se incrementó todavía más durante su gobierno”, dijo Johnson.

Esta es una desviación de los patrones anteriores, añadió Johnson: la actividad de la extrema derecha suele disminuir durante las administraciones republicanas, pues entonces los conservadores se sienten menos amenazados. Sin embargo, Trump mantuvo la paranoia y el sentimiento de agravio de la extrema derecha en un punto de ebullición constante y les dio permiso para actuar. La gente en el Capitolio que dijo que estaban allí porque el presidente así lo quería no estaba necesariamente imaginando cosas.

Pero no hay razón para creer que la amenaza se desvanecerá cuando Trump se vaya. Johnson cree que va a empeorar, y no es el único. Un reciente boletín de inteligencia federal advierte: “La percepción amplificada de fraude en torno al resultado de las elecciones generales y el cambio de control de la presidencia y el Senado”, junto con el temor de lo que depara el nuevo gobierno, “muy probablemente lleven a un aumento de la violencia perpetrada por DVE”. DVE es la sigla en inglés de “extremistas nacionales violentos”.

Washington ya se ve como una zona de guerra. Este domingo se esperaban protestas armadas en los capitolios estatales de todo el país. La toma de posesión de Joe Biden se llevará a cabo a puerta cerrada. El representante Peter Meijer, uno de los diez republicanos que votó a favor de someter a Trump a un juicio político, le comentó a MSNBC que él y algunos de sus colegas iban a comprar chalecos antibalas: “Creemos que alguien podría intentar matarnos”.

El final de la presidencia de Trump ha sacudido la estabilidad de Estados Unidos como no lo hizo ni siquiera el 11 de septiembre, y eso sin considerar las casi 4000 personas que mueren de COVID-19 todos los días.

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Hacer que Trump enfrente las consecuencias de tratar de cambiar los resultados de las elecciones no será suficiente para detener el desorden que ha instigado. Pero puede ser una condición previa para hacer que el país sea gobernable. “El momento de detener a los tiranos y déspotas es cuando los ves por primera vez apartarse de lo que exige la ley”, dijo el representante Raskin, y agregó que Trump “ha sido complacido y protegido durante tanto tiempo por algunos de sus colegas que nos llevó al borde del infierno en el Capitolio de Estados Unidos”.

Una ironía materializada del trumpismo (común entre los autoritarios) es que se deleita en la anarquía mientras glorifica la ley y el orden. “Esta es la contradicción y la verdad central de los regímenes autoritarios”, afirmó Ruth Ben-Ghiat, una historiadora de la Universidad de Nueva York y autora de “Strongmen: Mussolini to the Present”. La historiadora hizo referencia a la definición de Mussolini del fascismo como una “revolución de reacción”. El fascismo tuvo un impulso radical para subvertir el orden existente, “para liberar el extremismo, la anarquía, pero también afirma ser una reacción para traer el orden a la sociedad”.

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Lo mismo es aplicable en el caso del movimiento de Trump. Un elemento central de la mística de Trump es que viola las reglas y se sale con la suya. A fin de reafirmar el Estado de derecho, es fundamental “demostrarle al mundo que no puede salirse con la suya”, señaló Ben-Ghiat.

En parte, por esto es necesario el segundo juicio político. Este juicio político sería una carga tanto para los demócratas como para los republicanos; el juicio en el Senado seguramente pospondría algunos de los asuntos urgentes del gobierno de Biden. Ha sido aprobado porque los demócratas no tuvieron otra opción para defender nuestro cada vez más frágil sistema de gobierno.

El hecho mismo de que Raskin encabece el procedimiento de impugnación de Trump en el Senado es una señal de la solemnidad que le están dando los demócratas a este acto. Como ya habrán leído, hace poco Raskin sufrió la pérdida más grande que se puedan imaginar. Atormentado por la depresión, su hijo de 25 años, “una luz radiante en este mundo corrompido”, como escribieron Raskin y su esposa en un panegírico, se quitó la vida el 31 de diciembre, “el último día infernal y brutal de ese espantoso y miserable año 2020”.

Raskin enterró a su hijo el 5 de enero, un día antes de ir al Capitolio para el recuento de los votos del Colegio Electoral. Su hija menor no quería que fuera; él sentía que debía estar allí, así que la invitó a ella y al marido de su otra hija a acompañarlo. Cuando la multitud entró en el edificio, Raskin estaba en el pleno de sesiones de la Cámara de Representantes y su hija y su yerno estaban en una oficina con su jefe de personal. “Los chicos se escondieron bajo un escritorio”, relató. “Empujaron todos los muebles que pudieron contra la puerta, pero había gente ahí golpeándola”.

Ese día, Raskin comenzó a trabajar con sus colegas para redactar un artículo de destitución y una resolución en la que le pedían a Mike Pence invocar la Vigésima Quinta Enmienda.

Le pregunté por qué, después de todo lo que ha sufrido, quería liderar el esfuerzo para llevar a Trump a juicio. “He dedicado mi vida y mi carrera a la defensa de nuestra democracia y nuestra gente”, contestó Raskin, quien fue profesor de Derecho Constitucional antes de ser congresista. Luego dijo: “Mi hijo está en mi corazón y lo siento en mi pecho todos los días. Y Tommy era un gran amante de la libertad humana y la democracia, así que él habría querido que hiciera lo posible para defender la democracia del caos y el fascismo”.

Todavía se desconoce a quién se enfrentará Raskin. Destacados bufetes de abogados se han negado a representar a Trump en sus batallas jurídicas poselectorales y Bloomberg News informa que los abogados que defendieron al presidente en el pasado ya no quieren hacerlo. Durante cuatro años, mientras Trump causaba cada vez más estragos y motivaba cada vez más odio en este país, muchos se preguntaron qué se necesitaría para hacer mella en su impunidad. Al parecer, la respuesta incluye dos cosas: cometer sedición y perder el poder.

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